domingo, 6 de febrero de 2011

Mickey Rourke, un sartén y yo.


En recientes semanas he incursionando en el mundo del arte culinario. Conseguí una receta, pero para realizarla tenía un inconveniente, necesitaba un sartén especial. Entonces me dirigí al Walt Mart, ahí lo encontré, sólo que tenía una especie de candado, por lo que tuve que pedir el auxilio del encargado de esa área. Lo vocearon una vez, después de 10 minutos no había ido. Lo vocearon por segunda vez y el resultado fue el mismo. Decidí ir a servicios al cliente, ahí lo vocearon en tres ocaciones y el encargado, ni sus luces. Mientras esto ocurría mi desesperación crecía, pase de la desesperación a la indignación y después al cólera.

 
Después de casi una hora de esperar mi sartén, mi hermana me convenció de que nos retiráramos del lugar y lo comprara al otro día. Acepte con gran amargura, pues no sólo no estaba consiguiendo mi sartén, sino que tampoco le había podido decir nada al estúpido encargado, ni a nadie. Al final yo traía un entripado del tamaño del mundo, no tenía mi sartén y ahí estaba yo, agachando todos mis sentimientos junto con mi cara, esperando a que otro día no se me negara el derecho a comprar, tal y como se me negaban un montón de cosas desde hace varios meses.

 
Me faltan nueve semanas para terminar la licenciatura, esto me recuerda a una película, que rompió esquemas en los ochentas, Nueve Semanas y Media. Era protagonizada por Kim Basinger y Mickey Rourke. Mickey era considerado el hombre más sexy en ésa década, por alguna razón decidió dejar la actuación y hacerse boxeador, no tuvo éxito y sólo logró que le desfiguraran el rostro, empezando así una espiral de decadencia que duró más de diez años. Después de un montón de cirugías, volvió a la actuación, pero sus años de guapo habían pasado, y los únicos papeles que le ofrecían era de monstruo. Él hizo de la necesidad virtud y en la película Sin City interpreto uno de sus mejores papeles.

 
En la Semana Santa del 2005, mi amigo Sergio Zurita, en un concierto en la ciudad de Los Ángeles se lo encontró y le dijo
-¡Señor Rourke, usted es el mejor actor del mundo!-
-Gracias señor, contesto él, usted y mi abuelita piensan los mismo.-
-Disculpe, dijo Sergio en el tono menos molesto que pudo, ¿me podría dar su autógrafo?-
-Sí, dijo él, Sergio le dio pluma y papel y cuenta que mientras garabateaba su firma pudo ver a través de sus lentes como un ojo le lloraba y sus manos temblaban.-
-Sergio se despidió de él diciéndole, sé que usted va a volver a la cima con Sin City. ¡Lo sé!-

 
Esa actuación le dio la opción de poder participaren la película The Wrestler. Interpreta a un luchador que fue muy famoso, pero ahora se encuentra muy afectado por el ritmo de vida, propio de su profesión y el tiempo que no se caracteriza por ser indulgente. Es una película deprimente, sin embargo el luchador tiene la última oportunidad de volver a la gloria, aunque sea por una noche. Arriesgando su propia vida toma la oportunidad, pues una vida sin gloria no es vida. Fue una interpretación muy valiente, pues era casi autobiográfica, y se necesita mucho valor para hacer eso. Eso es tomar a la vida de frente, sin importar cuantas veces te hayan derrotado, y robarle la oportunidad. Esa actuación le valió un Oscar.

 
Con el orgullo mancillado, estaba sentado en mi casa, contemplando como el coraje quemaba mis entrañas por no haber podido comprar mi sartén y no poder desquitarme del estúpido que me había causado ese malestar. Tenía dos opciones, tragarme el coraje y esperar a que la vida me dejara de negar las cosas o ir por lo que quería sin importar nada. Creo que son estos pequeños actos los que nos determinan y forman nuestra personalidad, pues si para esto que parece insignificante no poseía el coraje para tomarlo qué iba a ocurrir cuando se tratara de algo verdaderamente importante.

 
No entrare en detalles, sólo diré que volví a Walt Mart, quite el candado y pague mi sartén. Sé que parece un simple capricho, pero fue un acto desesperado, fue un grito a todas las frustraciones que he sentido en los últimos siete meses. Estoy cansado de agacharme y esperar, de darle tiempo al tiempo que parece que no arregla nada y sólo lo empeora, de esperar al destino o a ver que me regala la vida. Yo no obtuve un Oscar, sólo fue un sartén, pero cambie la manera en la que me estaba percibiendo yo mismo. Porque a uno lo puede apreciar la gente de distintas formas y tendrá mucha o poca importancia dependiendo de quién sea, pero cuando uno mismo se está sintiendo como un agachón, como un perdedor, entonces hay que cambiar las cosas de manera drástica.

 
Ahora sé, al igual que Mickey Rourke, que todo cuanto me proponga lo puedo conseguir. ¡Voy por ti Manatí!