sábado, 1 de agosto de 2009

Las Dos Llaves


Sé que no debería escribir esto, hay cosas que ella no sabe y si se enterara tendría problemas, pero quiero contarte, además, nada ocurrió hasta que no esta escrito. Confío en que una vez que leas esto no lo contaras a nadie.

La primera vez que vi a Virginia pensé – ¡ah chinga! Los menonitas ya vienen a la universidad.- Me desengañaron sus modales refinados y el acento francés. Estudiábamos la misma licenciatura, aunque físicamente me parecía la mujer más hermosa que había visto me negaba a aceptarlo y me refería a ella como “la sangrona” o “la güera vende-quesos”.

Nuestros primeros encuentros no fueron fáciles, incluso nos caímos mal (ya te habrás dado cuenta) pero nos toleramos y nació una buena amistad. Me contó que hablaba español desde niña y en su deseo por practicarlo decidió estudiar en México, fue así que llegó a la UAM-Azcapotzalco. Con el tiempo, la amistad llegó a una encrucijada, podía evolucionar como amor o como cariño fraternal. Ante la indecisión amorosa, que yo confundía con una conquista, advertí que tenía más amigas que novias y debía equilibrar la balanza.

Cualquier forma que se te ocurra para pedirle que fuera mi novia se me hacían muchas palabras para mi timidez. Un día acomodé sus cabellos sobre su oreja derecha con mi mano izquierda, mis dedos índice y cordial, celosos de no haber encontrado un lugar en su hermoso cuello, se posaron en su nuca, mientas mi mano derecha encontraba cobijo en su diminuta cintura; me acerqué, temeroso del rechazo –nunca llegó afortunadamente- y la besé. Ese fue el prólogo de nuestro noviazgo.

Una de las tantas cosas que nos unían era nuestra afición al ciclismo. Ella propuso que colocáramos un candado de bicicleta en uno de los postes de la plaza roja, cada quien tendría una llave y cuando quisiéramos poner fin al noviazgo simplemente quitaríamos el candado, así evitaríamos los falsos protocolos y las innecesarias despedidas. Como yo no quise utilizar palabras para iniciar nuestra relación, se me hizo comprensible que ella no quisiera utilizar palabras para terminarla: acepté.

Transcurrieron varias semanas y aunque sentía un gran cariño por ella, la novedad se había consumido, y algo en la relación parecía haber muerto. Una mañana me dirigía hacia la biblioteca y atravesando la plaza roja me percaté que el candado ya no estaba. Mi corazón se aceleró y lo único que pasaba por mi cabeza era un ¿Por qué? Había hecho reservaciones en un restaurante de lujo para esa noche, quería darle una gran sorpresa y el sorprendido era yo. En medio del agobio por la cascada de sentimientos, encontré nuestro candado en otro poste. Me acerqué a verificar si era el mismo y lo era. Esa noche tuvimos un encuentro muy especial. Como te habrás dado cuenta, no soy muy hábil hablando y sustituí la pregunta obligada -¿Por qué cambiaste el candado?- por besos, ella no mencionó nada al respecto.