viernes, 2 de septiembre de 2011

Relaciones de bolsillo

Las relaciones de bolsillo se denominan así porque uno se las guarda en el bolsillo para poder sacarlas cuando hagan falta. Una relación de bolsillo es agradable y breve, y resulta agradable precisamente debido a que uno es cómodamente consciente de que no tiene que hacer grandes esfuerzos para que siga siendo agradable durante más tiempo: de hecho, uno no necesita hacer nada en absoluto para gozar de ella. Una relación de bolsillo es la reencarnación de lo instantáneo y lo descartable.
Pero la relación no adquirirá esas magnificas cualidades sino se han cumplido previamente ciertas condiciones. Hay que tomar en cuenta, como otro atributo de las relaciones de bolsillo, que es uno quien debe satisfacer esas condiciones, y ése es indudablemente otro punto a favor de las relaciones de bolsillo, expresado de una mejor forma no sólo es “otro” sino es el punto clave, ya que el éxito de la relación depende de uno y sólo de uno; por lo tanto, es sólo uno quien ejerce el control, y seguirá ejerciendo el control a lo largo de la corta vida de la relación de bolsillo.
Primera condición: debe embarcarse en la relación con total consciencia y claridad. Recuerda, nada de “amor a primera vista”. Nada de enamorarse… nada de esas súbitas mareas de emoción que te dejan sin aliento: nada de esas emociones que llamamos “amor” ni de ésas a las que sobriamente llamamos “deseo”. No debes permitir que ninguna emoción te embargue ni conmueva, y sobre todo, no debes de permitir que nadie te arrebate el control de la mano. Y no te dejes confundir con respecto a la relación en la que estás por embarcarte, en cuento a lo que no es y nunca será. La conveniencia es lo único que cuenta, al menos es lo que siempre ha contado para las mujeres, ¿o cómo se explican que una mujer prefiera ser la amante de un hombre exitoso a la esposa de un mediocre? La conveniencia se evalúa con la mente bien clara, y no con el corazón cálido, después de todo son simples matemáticas. Es como en las finanzas personales, cuanto más pequeño es tu préstamo hipotecario, tanto menos inseguro te sientes de las fluctuaciones del futuro mercado inmobiliario; cuanto menos inviertas en una relación, tanto menos inseguro te sentirás cuando te veas expuesto a las fluctuaciones de tus propias emociones futuras.
Segunda condición: mantén la situación en ese estado, recuerda que la conveniencia necesita de poco tiempo para convertirse en su opuesto. Así que no permitas que la relación escape a la supervisión de tu cabeza, y mucho menos que desarrolle su propia lógica, ni –especialmente- ocupe otros territorios, saliendo de su bolsillo, que es donde pertenece, pues cuando te descubres pensando en esa persona en medio de una conversación o mientras caminas a tu destino, lo más probable es que ya se haya apoderado de ti. Es por eso que tienes que estar alerta. Nunca bajes la guardia. Vigila cuidadosamente hasta la más mínima alteración de las “emociones clandestinas”. Si de pronto adviertes que aparece algo que no has negociado y que no te interesa, entonces es hora de romper el contrato.
En este tipo de relaciones lo que importa no es el fin sino los medios, es decir, si viajas con cautela, evitaras el hastío de la llegada, el tráfico es lo que te proporciona el placer. Las relaciones de pareja no son otra cosa que una coalición de intereses confluentes, lo que se conoce en economía como “economías de trueque”, y en este fluido mundo la gente va y viene, las oportunidades llaman a la puerta y desaparecen casi en el instante en que se les ha permitido entrar. Las fortunas ascienden y declinan y las coaliciones tienden a ser flotantes, flexibles y frágiles. La gente busca pareja y establece relaciones de bolsillo para evitar las tribulaciones de la fragilidad, sólo para descubrir que esa fragilidad resulta aún más penosa que antes. Lo que se esperaba y pretendía que fuera un refugio contra la fragilidad demuestra ser una y otra vez su caldo de cultivo.
Parecería aconsejable transitar con el bolsillo vacio y dispuesto, paradójicamente el riesgo es que se quede vacio por siempre. De cualquier forma esto no va conmigo, yo prefiero llevar en el bolsillo unos kleenex y a mi novia de la mano.
¡Vaya modernidad la de nosotros!

lunes, 8 de agosto de 2011

De cómo me hice hincha del Liverpool FC



Hay historias que están ligadas antes de que los involucrados siquiera se den cuenta, este es el caso de mi historia con el Liverpool FC. Comenzaré por la parte general. Liverpool está en la Gran Bretaña, cuna de los más grandes economistas, Adam Smith, John Meynard Keynes, John Locke, John Stuart Mill, etc. Yo no soy un gran economista, probablemente nunca lo sea, pero soy economista y el que se junta con grandes a aullar se enseña.
En la década de los sesenta, en la ciudad de Liverpool, nace uno de los grupos de rock más importantes de la historia, y mi favorito por supuesto, The Beatles. Este no es un hecho poco importante, pues las canciones de Paul, George y John me han acompañado a lo largo de mi vida, y por si no fuera poco, me  presentaron a otros músicos tan entrañables para mí como, Billy Preston y Eric Clapton. A los dos últimos los vi el 19 de octubre del 2001 en un concierto, ese día es el cumpleaños de mi papá, al que no he visto en 6 ó 7 años, pero que siempre me ha hecho falta, seis días después es mi cumpleaños, el último que “festejé” con mi papá fue el año anterior, aunque yo todavía no los sabía. Ahora que escribo me acuerdo de más cosas, Wonderful tonight es una de mis canciones favoritas, siempre que la canto pienso en Nadia, la segunda cita que tuve con Nadia llegué a su casa y estaba escuchando a Eric Clapton, el día en que se fue a Veracruz por primera vez, le canté Tears in heaven.

Yo nací en 1985, en mayo de ese año el Liverpool FC disputó la Copa de la liga de campeones de Europa frente a la Juventus, ese partido lo perdió el Liverpool FC, pero el partido no es recordado por el resultado sino por la trifulca que se armo en las tribunas y termino con la vida de 39 italianos que apoyaban a la Juventus, se le conoce como la tragedia de Heysel.

Tuvieron que pasar 20 años para que el Liverpool FC y yo nos volviéramos a unir. Era un miércoles de mayo del 2005, se disputaba la final de la liga de campeones de Europa, Liverpool FC (otra vez contra un equipo italiano) frente al Milán. En el primer tiempo el equipo italiano anotó tres goles, la historia parecía estar sentenciada para el Liverpool FC pero los aficionados de los Reds no estaban dispuestos a dejar de apoyar a su equipo, y tal vez eso me motivó a seguir viendo el segundo tiempo del encuentro. Desde el minuto uno de la parte complementaria los hinchas del Liverpool FC entonaron su himno you’ll never walk alone, con toda la emotividad a flor de piel el equipo ingles se sobrepuso a la adversidad y fue capaz de empatar el marcador a tres tantos. Todo se definió en la tanda de penales, el Liverpool FC salió campeón, ha sido uno de los partidos más emotivos que he vivido.
Desde entonces seguía al Liverpool FC con cierta regularidad, me gustaba mucho el futbol que desplegaban bajo la dirección de Rafael Benítez, aunque fueron capaces de ganar una FA cup y llegar a otra final de la liga de campeones el título de liga nunca llegó y terminaron por destituirlo. Recuerdo bien uno de los últimos partidos dirigidos por Rafa Benítez, era Domingo estaba con Nadia, el Liverpool FC ya no jugaba como antes, se le veía ahogado y sin idea de juego, le pregunté a Nadia, ¿A qué equipo le vas? Y sin pensar me dijo, al Liverpool. En mi interior sonó una ovación de pie. Que la mujer que amas apoye a tu equipo es un milagro que se agradece siempre.

La maestría que quería estudiar Nadia está en la universidad de Liverpool, la maestría que quiero estudiar yo está en la universidad de Liverpool, industria del futbol. Estoy llegando al final de esta historia y para eso tengo que contar el final de mi historia con Nadia, aún no deja de ser doloroso. Algunas veces creo que la fe es un atributo que nos dan al inicio de nuestra vida y unos tienes más y otros menos, buenos pues yo no alcance casi nada. Antes de conocer a Nadia no creía mucho en Dios, ya dije, no soy hombre de fe, creía en los hombres, en el amor, sobre todo era un soñador  y creía que algún día encontraría a la mujer perfecta que me amaría. Ese día llegó cuando conocí a Nadia, incluso comencé a creer en Dios, pensaba –si dicen que Dios es amor, entonces todo lo que siento por Nadia, todo ese sentimiento que siento que me ahoga sino se lo demuestro tiene que ser Dios-. Cuando se termino todo con Nadia deje de creer en todo y como dice John, los sueños se han terminado. Dicen que cuando una persona saca a la religión de su vida tiene que sustituirla con otra cosa, yo no he podido sustituirla con nada y entre Nadia y la religión siento un gran vacío.
Cuando nos separamos estaba en pleno el mundial de futbol en Sudáfrica, y tal vez ver tanto futbol no me permitió estar tan triste, pero se termino el mundial y me fui hundiendo poco a poco, fue una verano muy largo y tortuoso. Cuando empezó la Premier League me volqué a ver todos los partidos del Liverpool FC, que estrenaba Técnico, Roy Hodgson. No sé si mi estado de ánimo influía en la forma de jugar del equipo o viceversa, la cuestión es que jugaban horrible y ganaban poco al igual que yo.
Llegó el 2011 y contrataron a un nuevo técnico, Kenny Dalglish. Él, Kenny, jugó aquella final de 1985. El Liverpool FC busca el éxito en sus orígenes, en las personas que hicieron grande a ese club, la formula parece que resulta, pues el Liverpool FC hizo una de las mejores segundas vueltas, y aunque no le alcanzo para estar en las mejores posiciones se ve un Liverpool revitalizado y dispuesto a ganar la liga que comienza próximamente.

 Por mi parte he intentado hacer lo mismo, refugiarme en lo que me gustaba y hacia feliz desde niño, los deportes, la música y lo que vaya saliendo. Mi regalo de graduación fue una playera del Liverpool FC con mi nombre y número.

jueves, 23 de junio de 2011

Old Love, don't trust again



La vida es un cuento contado por un idiota, lleno de sonido y furia que nada significa, dice Shakespeare y estoy de acuerdo con él, también creo que entre más tiempo pasa se vuelve más idiota. Hace año y medio, más o menos, inicié una relación con una mujer nueve años mayor que yo, todo pintaba para ser una simple aventura que terminaría tan pronto como había comenzado. No ocurrió así, seguramente fue la falta de expectativas de ambas partes o no sé no tiene la menor importancia, lo que sucedió fue que conforme nos descubrimos nos fuimos enamorando, experimente el amor más puro e intenso que he sentido. La diferencia de edad parecía un fantasma exógeno.




La relación fue evolucionando conforme el amor fue creciendo, sin embargo, yo seguía creyendo que todo terminaría. No es que yo quisiera que terminara ¿Quién en su sano juicio desearía la culminación de dicha tan grande? Pero yo sentía que estaba ocupando un lugar que no me pertenecía, me lo estaba robando. Por fin no me había subido a un tren llamado vida, me lo estaba robando y lo llevaba directo a cualquier parte.





No voy a entrar en detalles a este respecto, porque no es el tema, sólo diré que un Cónsul de Estados Unidos determinó mi futuro. Sí así es, expidió una visa de trabajo para alguien, esto permitió que se abriera una plaza en una Universidad y la mujer a la que amo, después de mes y medio de haber iniciado la relación se fue a ejercer su profesión, a cumplir un sueño ¿Cómo me podía oponer a tan sublime deseo?





En contra de cualquier recomendación y escuchando a nuestro corazón (¡que romántico!) mantuvimos la relación a distancia. Era muy complicado y las ganas de claudicar estaban a la vuelta de la esquina, pero los momentos que estaba con ella hacían que valiera la pena todos los días de su solitaria compañía. Pasaron algunos meses y llegó el tiempo de las respuestas. Ella nunca se atrevió a decirme qué esperaba de mí (tal vez no esperaba nada y todo salió de acuerdo al plan, eso nunca lo sabré), yo nunca me hice enteramente responsable de lo que me estaba robando y en mis narices me lo quitaron.


Antes de seguir con la historia tengo que explicar por qué me la estaba robando, pero ¿cómo explicar que Nadia es una mujer excepcional? Si a mi hace dos años (es decir antes de conocer a Nadia) me hubieran pedido que describiera a mi mujer perfecta para que se materializara hubiera aparecido otra mujer, no Nadia, porque no la conocía. Cuando fui descubriendo a Nadia, su forma de ser, estar, pensar, hablar accionar, besar, amar, etc. es como si me hubiera dicho aquí está tu mujer perfecta y cinco más. En medio de esta felicidad sabía que no estaba en condiciones de sostener a una mujer así, no es que ella me pidiera cosas, sólo que ella ya tenía un camino andado y yo seguía siendo estudiante, tampoco es que yo me menospreciara pero estaba consciente de las circunstancias y que había otros hombres mejor posicionados para estar con ella, es por eso que me la estaba robando, estaba tomando un lugar que no me correspondía. Decidí disfrutarla y llegar hasta donde pudiera.

No llegué muy lejos, un día cualquiera del junio pasado terminamos. Los primeros días fueron duros pero manejables, aún no sospechaba que mi dolor crecería conforme las hojas del calendario daban vuelta, fue un verano muy largo. A ella parece que le pasaba lo contrario, a menos de un mes de haber terminado conmigo ya estaba con otro hombre, seis meses después ya esperaba un bebé de él. Es a acaso que yo sufro de tortuguismo en mis sentimientos o ella es muy rápida… para olvidar. ¿Tiene tanta suerte que encontró el amor dos veces en menos de un año? (Jajaja que estúpido que digo un año en siete meses) o ¿a quién le mintió sobre su amor, a él o a mi? La verdad es que no importa, nada cambia la podredumbre de mi corazón.

Daría lo que fuera por echar atrás el reloj y volver a aquellos días, días que pasaba en sus brazos y la felicidad me envolvía. Todavía no sé si detendría el reloj en esos días para vivir un eterno retorno o me arriesgaría a dejarlo avanzar y luchar por ella, tratando de cambiar la historia. Seguramente mi indecisión no ha permitido que el Dios Cronos me conceda la gracia. La última vez que me escribió en una línea expresaba su esperanza de que algún día la pudiera perdonar. Realmente la amo tanto que nunca he pensado en perdonarla ¿qué le puedo perdonar?

Destino, libre albedrio, karma o un idiota contando un cuento, no sé qué es lo que gobierna este universo, lo que sí sé es que tengo un hueco en mi corazón que se antoja incurable ¿cómo volver a confiar en alguien, cómo volver a amar? No es posible ni sería deseable.



Motivos me sobran para recordarla todos los días. Cada vez que me voy a dormir mi subconsciente me sorprende diciendo en voz muy bajita, buenas noches Nadia y al despertar la primer palabra que pasea por mi mente es Nadia. ¿Qué si estoy enojado? Algunos días sí, otros estoy más bien triste, unos cuantos quisiera explotar y otros tantos quisiera aventar piedras y golpear al primero que me pasa por enfrente, aunque la mayoría de los días siento todo eso al mismo tiempo, entonces quisiera buscarla y gritarle, quisiera buscarla y abrazarla.


En medio de ese torbellino de sentimiento y de impulsos que me llevarían a todas partes sólo encuentro paz cuando me quedo bien quietecito, no hablo más que para lo indispensable (incluso menos que eso) pierdo la mirada abstrayendo todo el universo en un punto del abismo para no pensar en nada, anestesiando, esquivando, huyendo de tu recuerdo, que por cierto es lo único que me sigue haciendo sonreír. El autismo en traje de salvavidas.

viernes, 15 de abril de 2011

El Graduado


Deje de escribir durante tres semanas porque fueron realmente complicadas, nunca creí que el final de la licenciatura se fuera a complicar tanto, pero al fin ha llegado ese día tan esperado, he acreditado todas las materias y finalizado mi servicio social, sólo me falta terminar mi tesis (que ya está muy avanzada) y me podré titular.

Me preguntan si estoy feliz, emocionado, nervioso o cuál es la emoción que estoy experimentado por haber concluido mi licenciatura, podría mentir y decir que tengo todas esas emociones al mismo tiempo y que es algo inexplicable, pero la verdad es que no siento nada. Hace muchos años me hicieron ortodoncia y me colocaron un paladar, este paladar no me dejaba saborear nada de lo que comía, sólo lo tuve un par de días (no lo soporte y me lo quite) pero fueron dos días muy tristes, si algo disfruto en la vida es comer, pero comer sin saborear no vale la pena. Pues algo parecido me pasa ahora, estoy pasando por un momento que debería ser muy feliz, muy especial y muy esperando en mi vida, no obstante, no lo puedo disfrutar.

 Me había propuesto (tontamente, ingenuamente) como meta, que al concluir mis estudios buscaría a Nadia. Hace unas semanas había pedido una señal para saber si buscarla sería lo correcto, la señal llegó. Resulta paradójico como el nacimiento de una nueva vida ha matado mis sueños. Hay una canción de Cole Porter que dice every time we say goodbye I die a little, así me sentía, ahora que te tengo que decir adiós para siempre, pueden ver en mis ojos todos los muertos que hay en mí.

 Resulta realmente complicado tratar de escribir todo lo que siento en estos momentos, porque si tengo sentimientos sólo que no tienen nada que ver con la felicidad. Más bien siento enojo, luché por esto durante cuatro años y merezco disfrutar este momento, sin embargo, no lo puedo hacer sigo pensando que este momento lo tendría que compartir contigo Nadia. No hay día en que no recuerde tu sonrisa y te odio por eso, te odio por muchas cosas, por haberme dejado, por haberme amado, pero al mismo tiempo tu recuerdo es lo único que me obliga sonreír, esa sonrisa que sale del alma que no se puede ocultar, eres lo único que me hace sonreír de verdad. Te odio pero te sigo amando y te vuelvo a odiar por eso.

 Me enoja que sin importar cuánto me quiebre la cabeza pensando en cómo pasó todo, por qué pasó, en fin dándole una y otra vez vuelta al asunto no puedo hacer que cambie nada, me lastimasté tanto que ni siquiera tú lo podrías arreglar ahora. Pero sin importar eso sigues siendo mi primer pensamiento al despertar, eres cualquier pretexto para decir tu nombre una y otra vez, recordar tu sonrisa y por las noches abrazar mi almohada deseando con todas mis ganas que fuera tu cuerpo.

 Seguramente me dirás que no hiciste nada malo y que yo soy el único responsable de lo que siento o dejo de sentir (probablemente sea verdad) pero en mí verdad no sé cómo hacerle para alejarme de ti, hacerte a un lado, superarte. Ahora ya no me importa cuántas veces o de qué formas me digan que me aman, ya no tengo la confianza ni las ganas de creerlo, ya sé en que terminará todo.

 Después de todo creo que la verdad es tan real como elusiva. Y donde más real la sentimos es precisamente donde menos existe (así de seguro me sentí yo entre tus brazos, creyendo que nunca se terminaría). La verdad se vive, se conoce en carne propia. Se sabe, por ejemplo, cuando un amor es verdadero porque se vive. No quiere decir que ese amor verdadero será para siempre y mucho menos que será leal, pero sabemos cuándo sí lo es: en el momento en que se siente, mientras se siente, sea durante una hora o una vida, todo depende de la voluntad de la mujer amada, voluntad que se mueve caprichosamente como pluma al viento.

 Hay quienes buscan la homogenización de los sentimientos. Tratan de convencernos para ser buenos ciudadanos y ser buen ciudadano equivale a no hacer ruido, a ignorar las diferencias. Pero creo que para ser buenos ciudadanos hay que desdeñar la bondad prefabricada. Saber quiénes somos y que necesitamos, qué queremos y qué podemos ofrecer y eso lo descubrimos viviendo de ser uno y lo otro, siendo seres complejos viviendo en dos planos simultáneamente. Por eso, porque somos seres complejos es que no puedo estar totalmente enojado contigo, cómo odiarte por buscar tu felicidad, sólo desearía no haberme interpuesto en ella y haber sido parte de la misma.

 ¿Para quién no es tan corto el amor y tan largo el olvido? Dicen que el que no ha amado no ha vivido. Para mí, después de haber amado tan intensamente como te amé, siento que vivo a medias entre sombras, condenado a un aquí y ahora sin relieve, me duele en el alma pensar que así pasaré el resto de mi vida, pero ya no estoy dispuesto a pagar el precio del amor. Cada día parece que me encuentro al inicio de un interminable camino de descubrimientos, pero siempre me pregunto, ¿Para qué? La mayoría de las veces no tengo ganas de hacer nada, ni siquiera festejar mi graduación.

 Dicen que todo pasa por algo, yo no sé si tu llegada a mi vida fue con la misión expresa de mandarme a la guillotina pero es cierto que tu partida me ha obligado a elegir entre la muerte y la locura.

La locura: una prisión lejana cuyas puertas son tanto más claras cuanto menos uno se resigna a vivir en esa miseria. La locura no brota como una súbita infección en el cerebro. La locura es aquella enfermedad que sólo amedrenta cuando ya sus colmillos se han alojado en tu cuello de modo que pelear con ella es también desgarrarnos mortalmente, oprimirnos los pulmones, perder el miedo a la muerte como se pierden la inocencia y el amor.

 El amor es un bien que ya he perdido, cuando entre las condiciones que se le ponen al amor no se halla la correspondencia de quien se ama y realmente tampoco puede hallarse ninguna otra porque se ha decidido amar incondicionalmente, el amor, que por su propia arrebato vive más allá de posesiones tan poco importantes como el bienestar y la cordura, sólo puede perderse por otro amor, un gran amor. Para que la cuña apriete ha de ser del mismo palo.

 Amo a una mujer a la que ya no conozco, y tal vez a ello se deba que no puedo dejar de buscarla y contemplarla (aunque sea por un montón de ceros y unos que al juntarse de manera adecuada forman su imagen en mi pantalla, aunque sin la temperatura adecuada, como la de su cuerpo) cada vez que la ausencia del mundo me ofrece el anestésico de la soledad (resulta gracioso usar la palabra anestésico mientras hablo de ti, y de cómo manejo mi dolor). Sé que esa mujer existe, incluso podría dibujar la fachada de la casa en donde vivió y pienso, porque aún así lo quiero, que ocupo un lugar en su memoria; pero a mí la memoria no me ha servido más que para lamentarme por no haber luchado por ti, aunque también pienso que no tenía grandes armas para hacerlo, creía que uno sólo se arrepentía de las cosas malas, contigo he aprendido que también uno se puede arrepentir de las muy buenas. Es así como todos los días, todas las noches proyecto en mi mente la película más obsesiva del mundo: Nadia.

 Nadia, se ha convertido ahora, en un nombre que no tiene cuerpo. Nadia es la palabra que a diario me visita pero nunca se queda a dormir. Nadia son cinco letras formadas por cuchillos. Nadia es el principio de la sonrisa, la llegada de la nostalgia y el fin de la alegría. Nadia es el nombre que un día pronuncie resguardado por los muros de la casa de Dios. Desde entonces acaricio su vacio, tal como otros recorren con manos, boca y ojos a sus mujeres. Nadia se pronuncia acariciando la lengua con el paladar y después degollándola con los dientes. Es el nombre que tengo que ocultar, inventar un nuevo pensamiento para ocultar al otro: el innombrable, aquél que trato de sepultar para ya no decirlo ni pensarlo ni escribirlo. Y si hoy abandono mi propósito y escribo ese nombre una y otra vez, en este documento en donde han de viajar moribundas de miedo estas palabras, lo hago con el sólo propósito de que lleguen hasta ti, aunque con la secreta esperanza de que jamás lo logren. ¿Después de todo qué lograría yo con eso, de qué nos serviría a los dos?

Quiero pedirte perdón por mi atrevimiento, por mi cobardía, por no haber luchado por ti, por no olvidarte, por amarte y por cada una de las debilidades que con seguridad me hicieron indigno de tu amor y de habitar en tus recuerdos.

Hasta siempre Nadia (MDTH)

domingo, 20 de marzo de 2011

La cultura consumista (3 semanas para ser Licenciado en Economía)

En la cultura consumista la principal preocupación es mantenerse a la delantera, en la moda, tecnología, información, en fin, todo lo que proporcione ciertas ventajas respecto a otras personas. En lo que respecta a la moda, estar a la delantera también proporciona, con la ayuda de marcas de pertenencia, identificación. Por tanto, mantenerse a la delantera es algo vital y la única forma de garantizar la entrada y permanencia en cierto estatus sociocultural. Estar a la delantera además de brindar alto valor de mercado, también aporta certeza y seguridad, justo el tipo de experiencias que escasean en la vida consumista. Pero sería ingenuo el que se duerma en sus laureles, pues los emblemas de pertenencia cambian veleidosamente.


 

En sintonía con la experiencia del tiempo puntillista compuesto de instantes, episodio con tiempo prefijado y nuevos comienzos con posibilidades infinitas, se advierte que todo emblema de pertenencia tiene fecha de caducidad. Este mensaje tiene dos propósitos, ponernos al día y salvaguardarnos de posibles rezagos en el futuro. Los emblemas de pertenencia nos ofrecen varios estilos, así que uno tiene libertad de elegir, aunque el rango de la oferta traza un inexpugnable límite alrededor de las opciones.


 

Lo que realmente importa, en la cultura consumista, es que cada quien está a cargo de sus elecciones, tiene libre albedrio. Estar a cargo constituye un deber, así que por más que la elección sea responsabilidad de cada quien, no hay que olvidar que elegir es una obligación, de otra forma, la sociedad consumista condena sin derecho a réplica.


 

A cada instante se degrada la duración a favor de la transitoriedad, es decir, en una jerarquización lo novedoso está por encima de lo perdurable. La consecuencia lógica es que los lapsos de satisfacción, del nacimiento de un deseo y su muerte, la conciencia de utilidad y la sensación de que son inútiles, se han acortado dramáticamente. De acuerdo con Bauman el síndrome consumista es velocidad, exceso y desperdicio.

Velocidad, la necesidad de perfección no se evalúa en función de su utilidad y posibles mejoras, sino en su velocidad de circulación. Exceso junto con el desperdicio, crean un espiral de incertidumbre que supuestamente debían desactivar, o por lo menos mitigar para conseguir la felicidad. En la sociedad de consumidores, en repetidas ocasiones se hace la aseveración, este es un país libre. Esta aseveración descansa en que cada persona vive la vida que desea vivir, cómo vivirla y las elecciones que hace para lograrlo sólo dependen de uno mismo.


 

Arthur Schopenhauer plantea, la libertad física es la ausencia de impedimentos materiales de todo tipo, este concepto se vincula con el de la libertad moral, algunas veces se observa que una persona, sin estar obstaculizada por impedimentos materiales, es impedida a actuar, por motivos tales como amenazas, promesas, o alguna otra razón, del modo en que habría sido su voluntad. Entonces, según con el concepto empírico de la libertad, se puede decir –soy libre si puedo hacer lo que quiero- ahora bien podríamos plantear la pregunta del siguiente modo, ¿puedo también querer lo que quiero? Si podemos contestar a esta pregunta, fácilmente, podríamos contestar ¿La sociedad de consumidores es libre? Parece que la alegría de la emancipación tiene el sabor amargo de la derrota.


 

"Pasear" en la montaña rusa ofrece, al paseante, descargas de adrenalina propias de la aventura, pero también dan ganas vomitar. La certeza minimiza los riesgos de la derrota, la perdida de autoestima y la humillación del fracaso al módico precio de un paseo aburrido. Precio que es fácilmente olvidado y perdonado. La libertad de elección suele considerarse un acto de emancipación, pero cuando esta libertad es tan rutinaria que se ha convertido en una obligación.


 

La primera defensa para justificar la coerción social y las restricciones, impuestas por la regulación normativa, sobre la libertad individual, es que son necesarias para la convivencia humana, en donde todos pelean contra todos. La segunda es, restringir las libertades individuales por la mera presencia de otras personas. Pero la llegada del consumismo ha minado la credibilidad de ambos argumentos. Pues la coerción ha sido reemplazada por la estimulación; los patrones de conducta obligatorios por la seducción; la vigilancia del comportamiento por las relaciones públicas y la publicidad y las regulaciones normativas por el advenimiento de nuevos deseos y necesidades.

Al debilitarse todas las instituciones que en el pasado daban solides a la sociedad (Estado, iglesia, familia, etc.) y no haber una voz autorizada de exigencias o un inventario finito de obligaciones, el individuo tiene un dilema ético, pues él solo tiene que establecer los límites de su responsabilidad hacia con otros seres humanos, evaluar qué intervenciones morales son factibles y cuáles no y decidir cuánto de su felicidad está dispuesto a sacrificar para cumplir con sus obligaciones morales hacia los demás.


 

Somos testigos de cómo los conceptos de responsabilidad y elección responsable antes pertenecientes al campo semántico de la ética, se han mudado al campo de la evaluación de riesgos y la autorrealización. Las decisiones se toman de manera unilateral sin importar en qué medida se afecte al otro, siempre y cuando se logre el objetivo, cualquiera que este sea. La responsabilidad es sólo con uno mismo.


 

El tiempo puntillista ha logrado que el ser humano viva en un permanente estado de emergencia. La condensación momentánea de energía hace que el ser humanos sea intolerante a la frustración, el individuo soluciona este problema disolviendo el futuro en el presente y encapsulando el ahora. Es increíble pensar que el sufrimiento del hombre contemporáneo es causado por el exceso de posibilidades más que por las prohibiciones. Es esperable que la depresión provocada por el temor a ser inadecuado supere a la neurosis causada por la culpa.


 

En la vida de consumo todo es rápido, y no queda exento el aprendizaje, así es, se debe aprender rápido pero sobretodo, en una sociedad de desechos, se debe olvidar aún más rápido, pues lo que aprendimos en el pasado seguramente será un lastre para el futuro. Lo que era perfecto para el mes pasado, no es nada perfecto para este mes, del mismo modo que lo que se usaba el año pasado está a años luz de lo que se usa este otoño.


 

La oferta es la que propicia esta velocidad en la sociedad o son los consumidores los responsables, ¿Qué fue primero el huevo o la gallina? Muchos de los consumidores que en este momento arrojan mercancías a la basura dirán que esto es un efecto secundario de la renovación y un sacrificio triste pero necesario que hay que hacer en aras del progreso. Los productores, en un momento de franqueza, podrían admitir que la producción de nuevas mercancías (mejoradas y más rápidas) surge de la necesidad de acotar la vida útil de las anteriores, así poder mantener el tránsito de mercancías y el PIB en ascenso. El hecho de que ambas respuestas puedan ser correctas, es la mayor hazaña de la cultura consumista y por ello logra su reproducción, al punto que parece natural esta forma de vida.


 

Muchas empresas proclaman que su principal motivación es la satisfacción del cliente, pero lo cierto es que la pauta ética de la vida de consumo es evitar la satisfacción duradera, por tanto un cliente satisfecho es una amenaza al sistema. La vida de consumo se trata primordialmente de estar en permanente movimiento. Pues la satisfacción de un cliente se asocia con el estancamiento económico, las necesidades deben ser insaciables y sin embargo, siempre debemos buscar satisfacerlas.


 

Satisfacer las necesidades, descartar el pasado, buscar nuevos principios, cambiar de identidad y esforzarse por volver a nacer son conductas que la cultura consumista promueve como obligaciones disfrazadas de privilegios. La proeza de invalidar el pasado se reduce a un único pero milagroso cambio de la condición humana, la posibilidad de nacer de nuevo. La manifestación del atractivo de nacer muchas veces, podría ser la expansión de la cirugía estética. Cuando una identidad pierde su atractivo, el valor de mercado desciende vertiginosamente, entonces debe ser renovada, no por una identidad hecha en "casa" sino una comercial y prefabricada.


 

Pero antes de volver a nacer hay que deshacerse de todo lo anterior. Muchas empresas han insertado a sus políticas de marketing tomar en parte del pago un artículo anterior. Esto desalienta a los consumidores a crear cualquier vínculo de apego con las mercancías que compran. Una compañía, que produce juguetes, prometía a los consumidores un descuento si devolvían el ejemplar anterior. Educar a sus consumidores, desde la infancia, es el principal objetivo de esta empresa.


 

Bajo este esquema, no es raro que los vínculos sentimentales entre las personas se vivan como una compra/venta. Se hace un estudio de mercado, del objeto amado, a partir de ciertas cualidades físicas, sociales y rasgos de carácter claramente definibles. Si el puntaje alcanzado por el objeto amoroso no es suficiente, entonces se debe claudicar la compra. Pero en el supuesto caso que si haya alcanzado el puntaje y la compra se realizó, el objeto amoroso puede fallar como cualquier otro objeto disponible en el mercado, entonces se debe reemplazar.


 

Otra de las promesas de la cultura consumista es la de estar siempre en contacto, de forma instantánea y sin esfuerzo. Irónicamente siempre se tiene el deseo de romper el contacto, si una persona ya no me es grata, basta con eliminarla de los contactos. Esta forma de socializar es muy similar al modelo de las tarjetas de crédito, la compra despersonalizada hace sencillo olvidar que el momento de placer exigirá eventualmente un pago. La ausencia de vínculos con otros, es la secuela de humanos que viven solamente en el presente y no prestan atención a las experiencias del pasado ni a las consecuencias del futuro.


 

Los vínculos humanos, el amor puntualmente, suelen ser frágiles, inestables y tan fáciles de romper como de crear. Si los humanos se siguen enamorando es porque ese sentimiento crea una mezcla, adictiva, de júbilo y angustia. Júbilo porque su fragilidad mitiga el riesgo que presupone toda interacción, el apego a otra persona. Angustia porque la precariedad, caducidad y revocabilidad de los compromisos mutuos son en sí una fuente de peligros insondable.


 

En cuanto a la política, la cultura consumista, puede teorizar sobre si internet es una forma nueva y mejorada de la política, pues permite un compromiso, más eficaz. Pero esto parece más bien una escusa a la baja participación ciudadana en la "política de lo real". La política de lo real y la política virtual van en sentidos opuestos y la distancia crece a medida que la autosuficiencia de una se beneficia con la ausencia de la otra. En un estudio hecho en Inglaterra, asistir a un evento político ocupa la misma posición que ir al circo.


 


 


 


 


 

    Conclusiones.


 

Más que conclusiones esto es un recuento de daños o la puntualización de los fenómenos, a mí parecer más importantes, que han surgido como resultado de la perpetración de intereses económicos y la transformación total y absoluta de la vida humano en un bien de cambio.


 

  1. La forma de producto ha penetrado y reformulado la vida social, incluso provocando que la subjetividad puede ser comprada y vendida en forma de belleza, limpieza, sinceridad y autonomía.


 

  1. La materialización del amor. A medida que disminuye la capacidad de conversar, negociar y encontrar puntos de interés mutuo, crece la ansiedad por escapar y quemar los puentes.


 

  1. La aparición del consumidor fallado. Son un conglomerado de personas que han ido más allá de los límites de relación con todas las clases y con la propia. Gente sin un papel asignado y que no aporta nada a la vida de los demás, alimentándose de los fluidos vitales de los otros y erosionando el orden clasista, por lo tanto, no merecen ser redimidos.


 

  1. Para ser aceptado como miembro apto de la sociedad es necesario responder rápido a las tentaciones del mercado consumista. Hay que contribuir a la demanda que deja sitio a más oferta. En tiempos de crisis o estancamiento, es necesario apoyar la recuperación basada en el consumo. Hay que poseer aptitud de consumidor.


 

  1. A los pobres se le califica como personas pecaminosas, negligentes y carentes de principios morales. Los medios de comunicación presentan, en cooperación con la policía, los retratos de los criminales, entregados al delito, a las drogas y la promiscuidad. Para los pobres de la sociedad de consumidores, no adoptar el modelo de vida consumista significa un estigma de exclusión y adoptarlo implica caer aún más en esa pobreza que evita la inclusión.


 

  1. El aumento de la criminalidad es un producto de la sociedad de consumo. Se trata de un producto inevitable, cuanto más elevada sea la demanda del consumidor más segura será la sociedad de consumo. Simultáneamente, entre más ancha sea la brecha entre los que desea y son capaces de satisfacer sus deseos (demanda efectiva) y los que han sido seducidos pero que son incapaces de actuar de la manera en se espera que actúen, será más prospera la sociedad de consumo.


 

  1. La felicidad es sinónimo de decencia humana, por el contrario el aburrimiento es un estigma vergonzante. Consumir ciertos objetos y vivir de determinada manera es condición necesaria para ser feliz, la felicidad es una condición para alcanzar la dignidad y autoestima. En la sociedad de consumidores ser feliz no es una opción, es una obligación.


 

  1. La desaparición del Estado social. Para muchas personas enfrentar los riesgos, que implica la libertad, resulta insoportable por temor a que sobrepasen su capacidad de combatirlos. La ausencia del Estado social deja a muchas personas sin una póliza de seguro emitida en nombre de la comunidad.


 

  1. Adelgazamiento del Gobierno. A medida que la desregularización y la privatización de la economía avanzan, los activos nominalmente considerados propiedad del Estado han perdido la supervisión política.


 

  1. El sentimiento que permea a los jóvenes es el de desesperanza. Parece no existir ninguna alternativa en el mundo actual, o más bien, cualquier alternativa parece inimaginable.

martes, 15 de marzo de 2011

Sociedad Consumista (4 semanas para ser licenciado)

Zygmunt Bauman se refiere a la sociedad de consumidores como un conjunto especifico de condiciones bajo las cuales la probabilidad de adoptar al consumismo antes que cualquier otra cultura, así como las de que casi siempre hagan todo lo posible por obedecer sus preceptos. Es decir, la sociedad consumista promueve una vida consumista y reprueba o desalienta toda opción cultural alternativa.


 

Contrario a la sociedad de productores en donde estaban bien definidos los roles de hombre (productor y soldado) y mujeres (proveedoras de servicios por encargo) y el espíritu de las personas era silenciado mediante patrones de comportamiento que eran inculcados e interiorizados para obedecer órdenes, sometiéndose a la rutina, la sociedad consumista coacciona a sus integrantes desde la infancia y durante toda la vida, mediante el manejo del espíritu, gestionado por individuos entrenados y coercionados espiritualmente.


 

El sistema consumista califica de anormales e inválidos, a los "consumidores fallados". No hay indulgencia posible para un consumidor fallado porque, se le puede negar el empleo a una persona capacitada pero, no se le puede negar un bien de consumo a quien tiene dinero para comprarlo. Consumir significa invertir en la pertenencia a la sociedad, y alguien que no lo hace, no merece perdón.


 

Satisfacer deseos, necesidades o apetitos no es el propósito decisivo de esta sociedad, sino convertir al propio consumidor en un bien de cambio vendible. Los miembros de una sociedad de consumidores compran bienes para ser comprados ellos mismos a un mejor precio. Así, el atractivo de un producto se evalúa por la capacidad de aumentar el valor de mercado de quien lo consume.


 

La historia de la humanidad, al menos en su versión dominante, ha sido un largo y tortuoso camino hacia la libertad individual y la racionalidad. Posiblemente el estandarte axiomático de esa conquista son las leyes de mercado. Las leyes de mercado son ecuménicas sobre las cosas elegidas y sobre quienes las eligen, ya sea como productos o como clientes.


 

Hombre y mujeres deben alcanzar los estándares de calidad que exige el mercado, mediante el consumo de artículos que prometen volverlos aptos, logran cotizar en el mercado y entrar a la sociedad de consumidores. Se puede argumentar que somos consumidores por naturaleza y que forma parte de la naturaleza humana. Incluso se puede alegar que el derecho a consumir precede a cualquier otro derecho por ser básico ¿pero este argumento es válido cuando se comercia con personas?


 

Las fuerzas del mercado cobran tanta importancia que está socavando, hasta su inevitable desaparición, a la soberanía del Estado. Por más que se le ascienda a instancias superiores o instituciones supra-estatales la soberanía del Estado mezcla poder con política y subordina la primera a la supervisión de la segunda, pero mucho más sediciosa es la tendencia del Estado a ceder muchas de sus funciones prerrogativas a las fuerzas del mercado.


 

El gobierno adoptó y adaptó las políticas establecidas e inculcadas por las empresas modernas, en donde a los empleados se les trata como productos y como tales deben ser concebidos, utilizados y recambiados en el menor tiempo posible. Los procesos de incorporación, integración y capacitación deben quedar reducidos al menor tiempo posible.


 

El éxito de esta sociedad reside en hacer que los individuos requieran hacer lo que es necesario para que el sistema pueda auto reproducirse. Al igual que existen dos mecanismos para mantener al consumidor insatisfecho, hay dos modos de lograr que el sistema se auto reproduzca; mediante la movilización espiritual o el adoctrinamiento ideológico; o de forma subrepticia, inculcando patrones más o menos a la fuerza que una vez que han sido acatados parecerán propios.


 

Toda civilización se centra en los individuos y en su capacidad de autocontrol, al menos en apariencia. Como es improbable que el vulgo ponga los intereses supra individuales por encima de sus impulsos y los efectos a largo plazo por encima de la gratificación inmediata, toda civilización debe estar asentada sobre la coerción o al menos la amenaza de la coerción si no se acatan las restricciones impuestas. Para la construcción de naciones, en el pasado, fue necesario el patriotismo (una voluntad inducida que sacrificaba el interés individual en favor del interés compartido). Más allá del pragmatismo y eficacia de este estilo, lograr el objetivo de manipular el comportamiento de los individuos resultaba ser muy costoso y conflictivo.


 

La variante, de ese estilo, que se presenta en la moderna sociedad de consumidores, no genera ninguna inconformidad pues exterioriza las obligaciones como libertad de opción. Dicha libertad no implica que la conducta de los individuos se haya vuelto aleatorio o carente de coordinación, por el contrario, las acciones individuales son previsibles y coordinadas sólo que por mecanismos diferentes a la sociedad de productores.


 

El mecanismo empleado por la sociedad de consumidores es la atomización de la sociedad, no existen los grupos, pues los hace frágiles y divisibles (al igual que en competencia perfecta se requieren agentes económicos pequeños que no tengan influencia en el mercado) ampara la formación de multitudes. El consumo como la lectura es una acción solitaria por antonomasia, aunque se haga en compañía.


 

Entre más solo esté una persona será mejor para la reproducción del sistema, pues entonces, éste tendrá una intervención más activa en los mercados. Los consumidores con su dinero o mejor aún con sus tarjetas de crédito comprarán a ritmos aceleradísimos cosas que prometen la felicidad sin cumplirla, mientras el producto interno bruto sigue creciendo. En tiempos recientes Bancomer ha impulsado un programa de educación financiera. Sin importar la edad del interesado o su educación, esa institución financiera regala entrenamiento en el arte de vivir de prestado.


 

Para culminar este segundo apartado haré referencia a un tema en boga. La tendencia a dejar de cobrar impuestos a los ingresos (riqueza) para volcarlo sobre los gastos, esto sería lo natural en una sociedad de consumidores. La capacidad de compra y no la de producir es la que define el estatus de un ciudadano, pues la actividad de consumir es la que proporciona la interface adecuada entre el individuo y la sociedad.

domingo, 6 de marzo de 2011

Cambio en el Patrón de Consumo. Consumismo (5 semanas)

El consumo, para la sociedad actual, se ha convertido en algo tan cotidiano, que podríamos decir que es un hecho trivial. Lo hacemos a diario, de forma rutinaria y sin planificar demasiado, se podría decir que sin pensarlo dos veces. Un hecho tan banal, como lo es el consumo, no merecería la pena ser estudiado, pero si el ser humano fuera la mercancía que se está consumiendo ¿nos interesaría?


 

Los jóvenes que tratamos de mostrar nuestro entusiasmo y frescura con la esperanza de obtener reconocimiento, y con este, la aprobación que nos permita entrar a la sociedad como entes productivos; los clientes potenciales que necesitan elevar su gasto, y como consecuencia, ser sujeto a crédito para acceder a servicios, que de otra manera le estarían vedados; las personas en general que se esmeran en conseguir ser útiles y necesarias para estar en el mercado: todas las personas están obligadas a posicionar, empujar y promocionar un producto, ellos mismos.


 

El objetivo de este trabajo será caracterizar la sociedad consumista, en tres "arquetipos ideales": El consumismo, la sociedad de consumidores y la cultura consumista.


 

Consumismo.


 

Una sociedad que ha puesto, como aspecto fundamental, los "deseos", ganas y anhelos, y estos a su vez, coordinan la integración y reproducción de la misma y por supuesto la formación del individuo, es una sociedad bajo un acuerdo social, el cual podríamos llamar "consumismo". En términos más claros, el consumismo llega cuando desplaza al trabajo como principal actividad del hombre en sociedad.

La sociedad de productores (antecedente inmediato del consumismo) fijaba sus deseos, esperanzas y anhelos en la apropiación y posesión de bienes que aseguraban confort y estima, era una sociedad abocada a la seguridad de lo estable. Si pudiéramos definir a la sociedad de productores en una sola característica, tal vez, la más apropiada sería, resistente al tiempo. Para la generación a la que pertenecen nuestros padres, las posesiones que brindaban poder, asegurando un futuro promisorio, y estima personal, eran las posesiones solidas, grandes, pesadas e inamovibles.


 

En la sociedad de consumidores, en la que nos desarrollamos actualmente, lo que impera es la inestabilidad de los deseos, la insaciabilidad de las necesidades, la tendencia al consumo instantáneo y la eliminación inmediata de sus elementos. En estas circunstancias planificar, invertir o acumular a largo plazo sería un acto carente de buen juicio, pues la gratificación que motiva al individuo, podría no ser la misma que en un inicio.


 

En esta sociedad, la movilidad y habilidad para aprovechar oportunidades que se presentan de bote pronto es una cualidad bien cotizada, por tanto, poseer objetos valiosos que pierden rápidamente su atractivo y que terminarán en la basura, probablemente, antes de producir alguna satisfacción parecen, más bien, un lastre.


 

Mientras que para la sociedad de productores el tiempo era cíclico o lineal, para la sociedad de consumidores el tiempo es puntillista. El tiempo, en el consumismo, está más marcado por las rupturas y discontinuidades que por el contenido especifico de los bloques. Se cree que cada punto-tiempo entraña posibilidades infinitas y lo mismo se cree de los siguientes, sin importar los éxitos o fracasos pasados. Sin embargo, la experiencia muestra que el universo puntillista se parece a un cementerio de esperanzas e ilusiones abortadas.


 

Si bien es cierto que la necesidad del goce inmediato motiva el apremio por adquirir y acumular, la razón que prevalece, la que convierte el apremio en urgencia es la necesidad de eliminar y reemplazar. Cualquier lealtad o apego sentimental es castigado con la perdida de una oportunidad, pues en la vida "ahorista" cada punto-tiempo se diluye apenas apareció. Todo es para ayer.


 

Podemos asegurar que, en una sociedad de consumidores la búsqueda de la felicidad no está orientada hacia el proceso de producción y apropiación de bienes, sino al de la eliminación de los mismos. Si las mercancías se eliminan tan pronto se adquieren, la producción crece sin frenos, justo lo que necesita una sociedad que mide sus éxitos en términos del PIB.


 

Muchos de los productos que aparecen en los anaqueles, han sido producidos sin siquiera tener una utilidad, sólo hasta que se venden se les encuentra una. Si no llegaran a tener ninguna utilidad, igual no importaría, pues ya cumplieron con su objetivo, ser producidos. La misma suerte correrán los productos que si han logrado crear alguna necesidad, pues día con día nuevos productos prometen hacer lo que hacían los anteriores, sólo que mejor y más rápido (nuevamente el tiempo pretende ser reducido a su mínima expresión).


 

Este crecimiento exponencial de la producción llega necesariamente al punto en el que la oferta excede a la demanda, pero ya no sólo de bienes, sino también de información. Cualquier periódico de circulación nacional contiene más información que la que una persona culta del siglo XIX consumía durante toda su vida. Más de la mitad de los artículos periodísticos, en materia de ciencias sociales, nunca son leídos, y lo mismo ocurre con la producción de música, literatura, personas y todo cuanto sea susceptible de ser vendido, es decir, todo lo que conocemos.


 

A consecuencia de esto ocurre un fenómeno entre ciertas personas, la actitud displicente que Bauman califica de "melancolía". Hay todo un abanico de mercancías del cual puede elegir el consumidor, tan agobiantes todas, que algunas personas lejos de enfrentarse a la encrucijada de tener que escoger, prefieren alejarse de la vacilación entre un camino y otro. A esta actitud es a la que llama Bauman melancolía. Ser melancólico es poder experimentar la infinidad de posibilidades que se presentan todos los días y no quedar enganchado a ninguna.


 

La idea anterior podría sugerir que la sociedad, en su conjunto, no es feliz o que no es tan feliz como la sociedad de productores. Resultaría ocioso comparar distintas felicidades, pues ésta es muy subjetiva y tampoco tenemos un "deflactor" para comparar distintas épocas. Si quisiéramos evaluar la felicidad de esta sociedad, tendríamos que hacerlos a partir de los valores que ella misma promueve.


 

La sociedad de consumidores, tal vez como ninguna otra sociedad en la historia de la humanidad, promete la felicidad, una felicidad instantánea y perpetua. ¿El fracaso es del tamaño de las expectativas? Así mismo es la única sociedad que se niega a tolerar, y mucho menos a justificar, la infelicidad. La infelicidad, para la sociedad de consumidores, es un fenómeno tan execrable que se debe castigar. Contrario a lo que se podría pensar, esta doctrina hedonista no es una máquina de felicidad sino más bien todo lo contrario.


 

Esto es porque hay una relación inversa entre la no satisfacción de las personas y la sociedad de consumidores. La sociedad de consumidores medra en tanto la infelicidad de sus miembros sea perpetua. Existen, por lo menos, dos mecanismos para mantener al consumidor insatisfecho: el mecanismo explicito, consiste en devaluar y denigrar las mercancías apenas hayan sido lanzadas, con bombo y platillo, al universo de los deseos del consumidor; El mecanismo implícito, y más eficaz, logra satisfacer cada deseo de forma tal que engendra más deseos.


 

Además de ser una economía del engaño es también, como consecuencia, una economía del exceso y los desechos. Apuesta (por desgracia para los economistas) a la irracionalidad del consumidor y no a la toma de decisiones bien informadas. El enemigo natural de esta economía es el cliente satisfecho, el consumidor tradicional que sigue las viejas rutinas, inmune al embrujo del mercado.


 

La estratagema que se utiliza para desactivar la amenaza al sistema que impera es la "absorción". Las acciones y actitudes del disidente (consumidor satisfecho) que antes amenazaban al sistema son integradas de modo tal que sirven a los intereses del propio sistema. La sociedad consumista hace de la necesidad virtud desregulando y desrutinizando la conducta humana. El efecto es el colapso de los vínculos humanos, la individualización.