martes, 13 de diciembre de 2016

Hasta siempre Cooper



Cuando voy a la gasolinera siempre me sorprende lo increíble que resulta, que un líquido semejante al agua, en apariencia, haga que los coches se muevan y los aviones vueles grandes distancias. Sólo por mencionar estos ejemplos. Los sentimientos son esa gasolina que mueve la maquinaria que llamamos cuerpo. Pero si todo en el universo es una combinación cuasi infinita de átomos que hacen formas físicas variadas ¿en dónde nacen los sentimientos?

¿Qué hay de diferente entre una persona, que puede sentir amor por otra cosa y otro ser vivo que no puede sentir eso? ¿En qué momento, esa zona donde los sentimientos nacen, se habilita? ¿Cómo han evolucionado nuestros sentimientos que una persona puede tener sentimientos de amor o empatía, no sólo por otra persona u objeto, sino también por otra especie?

Hace tres días murió mi perrita Cooper. Fue parte de la familia casi diez años. Como propósito en la vida tenía, comer (comida propia, aunque no tenía empacho en robarla), dormir (de preferencia haciendo contacto con alguien para no sentirse sola) y robar corazones. Esto último lo hacía de maravilla, bastaba con pasar un rato con ella, para quererla.

Los últimos días de Cooper fueron complicados. Se fue debilitando y caminaba con dificultad. La mañana en que murió fue a mi recamara a verme, la abracé. Su salud empeoro en pocos minutos y murió. La última vez que por su voluntad movió su cuerpecito fue para verme. Seguramente fue su manera de decir adiós.

Quienes conocieron a Cooper saben que fue un perro extraordinariamente cariñoso, entonces me pregunto nuevamente ¿Dónde nace ese sentimiento? ¿Qué la impulsó a ir a verme a pesar de lo mal que se sentía? ¿Por qué siento tanto cariño por ella y por qué siendo algo tan grande no se puede tocar, medir o pesar? ¿Por qué su ausencia duele tanto?

Cooper derrochaba simpatía y amor por donde pasaba, pero estaba dispuesta a defender su voluntad sin importar quien fuera, trepaba a algún mueble para verse más alta, gruñía y tiraba mordidas. Era cariñosa, voluntariosa y sumamente inteligente. Estoy seguro que la huella de Cooper caló hondo en muchas personas.

Su andar alegre y elegante, su nariz incansable (para dormir la tapaba con sus manitas), su disposición a ir a donde fuera sin importar la hora, la forma en que corría, volando sobre obstáculos con sus enormes y hermosas orejas, todas esas cosas y más extrañaré de ti, hermoso perro.

Han pasado apenas unos días de su partida y mi vida no se ha trastocado en la rutina diaria, pero si en pequeños detalles, por ejemplo, pasar en la mañana y no verla dormir plácidamente, ver los sillones vacíos, dejar de tener cuidado de dónde dejar las cosas (en especial la comida) y muchas otras cosas que seguramente iré descubriendo con los días.
En este universo dónde todo es energía, aún no sé dónde nace el amor, pero sé que Cooper lo daba incondicionalmente.

Gracias por tu cariño Cooper, fuiste una bendición.