¿Qué le preguntarías a una bola
de cristal si esta te pudiese decir la verdad sobre ti, sobre tu vida, sobre el
futuro o sobre cualquier cosa?
Casi de inmediato me llegó la
respuesta, desde el fondo de mi corazón emergió una sonrisa que tardo una
fracción de segundo en dibujarse en mi rostro. Por supuesto, era por imaginar
una respuesta favorable, porque por mucho que uno tenga suficiente información
para inferir la respuesta, uno siempre espera la respuesta favorable. Si uno
necesita preguntarle a una bola de cristal algo, debería ser suficiente para
creer que la respuesta no le es favorable, porque casi estoy seguro que la
mayoría de las personas preguntarían por algo que se niegan aceptar. Al menos,
ese era mi caso.
Traté de esconder esa sonrisa
tonta, y en un arrebato de sinceridad le dije –sé la respuesta, pero no te lo
puedo decir.- Era apenas nuestra primer cita ¿Cómo decirle que me volcaría
sobre esa bola de cristal y le haría mil preguntas sobre otra mujer? Sería el
suicidio de una incipiente relación, lo peor es que no me importaba. Me
pregunté, y si ella tenía en mente el mismo tipo de preguntas sobre otro
hombre, o peor y si yo me convertiría en aquel sobre el cual ella preguntaría a
la bola de cristal.
Bajó la mirada, tratando de
cambiar el tema pero sin lograrlo, pues su mente se había quedado en esa
respuesta sin pronunciar pero que parecía adivinar. Entonces sentí frustración,
pues estaba ahí frente a esta mujer, no era muy bonita, no sé si era especial
pero era una nueva oportunidad y yo estaba ahí frente a ella, tan roto que
aunque me había negado a responder, el daño ya se había hecho patente.