domingo, 22 de agosto de 2010

Los Árbitros Del Mundial



Desde que el hombre es hombre ha buscado la forma de divertirse y de paso demostrar que es mejor que los demás hombres, sin tener que matarlos. Han sido diversas las formas que ha tomado esta actividad, es decir, la necesidad de jugar con una pelota es tan vieja como el hombre, como el hombre-animal, si a un perro le tiras una pelota, juega. Es una necesidad animal la de jugar, y el hombre en cualquier civilización ha jugado a un derivado del futbol, a algo que no era futbol pero que tenía algunos elementos de este juego, un pelota y gente que la empuja con el pie, por eso, el futbol se precede así mismo. Esto lo sabía perfectamente bien Paolo Calcagno, un chico italiano, era extremadamente tímido, pero una vez que se ponía los zapatos de futbol para saltar a la cancha la timidez se quedaba en el vestuario, era un líder para su equipo. Una tarde enfrentando a un equipo de medio pelo en la liga de ascenso italiana, Paolo tomó la pelota en tres cuartos de cancha, desbordo por la banda derecha, el defensa lateral del equipo contrario comenzó la persecución, alcanzo a Paolo y lo desplazo con la cadera, como si Paolo hubiera sido un muñequito salió volando, cayó de forma descompuesta con la rodilla izquierda. Después de una exhaustiva revisión el doctor del equipo le dio dos diagnósticos, el primero, los meniscos de la rodilla estaban destrozados al igual que los ligamentos; el segundo y fatídico, no volvería a jugar al futbol.

Paolo se había convertido en la joven promesa que nunca se cumpliría. Decidió no abandonar el futbol y paradójicamente se convirtió en juez de línea, (o árbitro asistente como ahora se les conoce). El tiempo le mostró que el amor por el futbol era completo sin importar en que sector de la cancha estuviera, o cuál fuera su posición en ésta, la cuestión era estar ahí.

Su desempeño como árbitro era brillante y en el 2010 fue designado por la federación italiana como árbitro mundialista para el campeonato mundial de futbol que se celebraría en Sudáfrica. Al primer partido en el que fue designado, Holanda enfrentando a Dinamarca, no hubo complicaciones y su calidad como juez de línea quedo confirmada. Rápidamente le otorgaron la segunda designación al cuarteto italiano, Ghana contra Australia, una vez más realizó una actuación brillante y aseguraban pitar un encuentro en las rondas eliminatorias. Tal y como lo tenía previsto Paolo, la plantilla de árbitros italianos a la que él pertenecía fue designada al encuentro entre México y Argentina, el partido se antojaba complicado pero a la altura de sus capacidades como árbitro.

El veintisiete de julio fue la fecha señalada para ese encuentro, Paolo se despertó y transitó el día sin ningún percance, siguió paso a paso la rutina que ya tenía bien establecida para los días en que arbitraba. Saltaron a la cancha los veintidós jugadores y los cuatro árbitros, sonaron los himnos nacionales y comenzó el juego. Corría el minuto veinticuatro aproximadamente, Paolo corría vigilando su banda, se acercó a la tribuna para recoger un balón y ahí vio a un niño, entre sus brazos traía un muñeco, un muppet, los ojos de Paolo se nublaron y comenzó un largo y profundo viaje en sus recuerdos.

En el invierno del 2009 decidió tomar clases de idiomas, esto le daría mayores oportunidades en su destacada labor como juez de línea profesional. Ahí conoció a una muchacha, no le pareció especialmente hermosa, pero no tardó mucho en descubrir su sencilla belleza. Su nombre, María Diana Trujillo Hernández, era una chica de origen mexicano, sus ojos pequeños expresaban más que todas las palabras del diccionario, era noble, sencilla y sobretodo estaba disponible. Paolo se hecho la timidez al hombro y la cortejó. Así comenzaron una relación amorosa distinta. Poco a poco se fueron descubriendo, en ese descubrimiento reinaba el respeto y la admiración mutua pero también un profundo recelo a que todo terminara inesperadamente, como si no se merecieran el uno al otro temían perderse antes de lo anhelado. La congoja que sentían de perderse hizo que se procuraran de manera solidaria, enamorándose cada día como si fuera el último.

El noviazgo que había crecido meteóricamente principio a complicarse con el éxito de Paolo como árbitro, de pronto arbitraba en la serie A italiana, en la Champion league y otros compromisos internacionales, viajaba de ciudad en ciudad, casi no se veían y, cuando se veía las despedidas eran cada vez más dolorosas. Su amor y el tiempo que pasaban juntos tenían una relación inversamente proporcional, a medida que disminuían sus encuentros aumentaba su amor, al menos eso ocurría con Paolo, pues hay dos formas de hacerle frente a una barrera inexpugnable, como es la distancia; se puede acelerar a fondo y esperar que en la colisión alguien haya sobrevivido o, dar un golpe de timón y regresar por donde se vino. Paolo eligió la primera, ella, a su pesar se inclinó por la segunda.

Cuando un jugador ha dejado de hacer las funciones que le han sido encomendadas el técnico tiene la opción de sacarlo del campo y esperar a que otro jugador lo haga mejor. Una noche ella pronuncio las palabras aterradoras, igual a cuando el cuarto árbitro levanta el tablero electrónico anunciando un recambio –tenemos que hablar- Diana argumentó que su relación ya era muy complicada y no había futuro para su amor pues él no se lo podía asegurar. Justo unos días antes de que todo ocurriera Paolo había descubierto que no podía estar con otra mujer que no fuera Diana, pues no quería, había decidido amarla eternamente y en lo eterno no hay futuro, lo eterno no cabe en ninguna parte, solamente en el presente.

Después de una plática dolorosa ella llegó a la conclusión de que separarse era algo necesario y bueno para los dos. Pero no era bueno para los dos, para Paolo sólo era necesario no bueno, para ella si era bueno, pues ya tenía el recambio preparado. Sale Paolo, entra el señor X. Paolo no sabía que el sustito ya estaba preparado, cuando se enteró de su cambio se encolerizo, creyó haber tenido un buen desempeño y que jugaría los noventa minutos, pero Diana era pétrea y no dudó en sacarlo de su vida a patadas.

Las siguientes semanas para Paolo fueron muy complicadas, un torbellino de emociones pasaba por su cabeza, enojo, celos, tristeza, melancolía, pero sobretodo la desesperanza de quien ha perdido a la mujer que ama. Le dolía pensar en que no volvería a abrazarla, besarla, acariciar sus manos gorditas, cenar pizza y ver una película junto a ella, pero ante todo no volvería hacer el amor y decir su nombre. Sólo podía pensar en lo ocurrido, al final se había portado como un patán, como un jugador caprichoso que cuando anuncian su cambio insulta al técnico, y lo peor es que lo habían despojado de la concesión para corregirlo. Sus días se simplificaron a entrenar por las mañanas, y en las tardes la tensa calma que gobernaba su mente la combatía con autismo o acudiendo al teatro, al cine, veía televisión, pero sobretodo leía, no para escarpar de su vida, sino para tener un elemento para regresar con más armas a ésta. Trató varias veces de comunicarse con Diana, pero el silencio fue su única respuesta. El silencio precede a la palabra, sin decir nada se pueden decir tantas cosas que a veces es mejor callar y dejar que el propio interlocutor imagine e interprete la magia del silencio, pero el silencio en la mujer que amas no es mágico, es la muerte misma.

Mientras tanto el juego seguía Paolo los acompañaba abatido, contándose por enésima vez su propia historia, se la contaba por dos razones; por si en una de esas lograba entender lo que había pasado, si es que había algo que entender y, porque era lo único que le quedaba de ella y sabía que en el momento en que se dejara de contar su historia desaparecería para siempre y no la volvería a ver, ni siquiera en sus sueños. Si, sólo en sus sueños la podía ver, involuntariamente soñaba con ella, la abrazaba, la tomaba entre sus brazos y acariciaba su espalda, justo en ese momento despertaba. Para aquellos que dice que soñar es gratis, les puedo asegurar que no hay factura más costoso que el vacio de la realidad.

Un silbatazo y la algarabía de los argentinos lo despertaron de su letargo, el árbitro principal valido el gol de Carlos Tevez al minuto veintiséis, en la pantalla gigante del estadio apareció la repetición que dejó al descubierto un flagrante fuera de lugar del delantero argentino, mismo que no marcó Paolo. Se turbó una avalancha de jugadores mexicanos que reclamaban su descuido. No hubo opción, los árbitros tuvieron que validar el gol.

Paolo sentía que el partido no acabaría jamás, para su fortuna una vez más estaba equivocado, el partido culminó y el rencor contra él y su desatención fue creciendo, pero a pesar del coraje de los mexicanos no hubo nada que lamentar. Paolo aprendió dos cosas; es cierto que cuando se está enamorado todo, pero todo, es más bonito y la vida parece el mejor de los sueños, pero los sueños son eso, sólo sueños. La segunda, enamorarse no vale la pena, se paga muy caro, el amor es una quijotada sin esperanza.