miércoles, 23 de junio de 2010

Simply Red - Everytime We Say Goodbye [Live On Parkinson]



"Every time we say goodbye I die a little".

Cuando tenía siete u ocho años, salía a jugar todas las tardes con vecinos y mis primos. Nada podía competir por mi atención cuando juagaba, en especial con un balón de futbol en mis pies, excepto una vecina. Era más grande que yo por varios años, pero eso a mí no me inhibía para observarla, cada tarde cuando llegaba de la escuela. La veía desde que doblaba la esquina hasta que cerraba la puerta de su casa, era un ritual. Soñaba con algún día acompañarla de la mano por ese mismo camino. Pero alguien se me adelanto.

Una tarde cualquiera vi como aparecía su falda azul por la esquina, agitó su blonda cabellera dejando que algunos risos tomaran una forma caprichosa y le sonrío a un muchacho que venía junto a ella, se paró en seco, lo tomó con ambas manos de la cara, se puso de puntitas dejando que se definieran los músculos de sus pantorrillas perfectas y le propino tremendo beso que ninguno de los tres hemos olvidado. A partir de ese día la esperaba como todos los días, pero ahora los sentimientos eran encontrados, por una parte me daba mucho coraje verla de la mano de ese granuja, sobre todo cuando la besaba, pero no podía privarme de la alegría en la que incurría cada vez que observaba su vivaracho andar. Al paso de las semanas me fui convenciendo que el bellaco aquel era un buen hombre y la quería, por lo tanto la merecía. Yo fui aceptando la derrota que me propinaba la incompetencia de mi edad.

Un día mientras esperaba a mis amigos, juagaba con mi balón. Mi amor platónico estaba parada en la puerta de su casa platicando con el bribón, de pronto la plática se fue saliendo de los común, comenzaron a gesticular exageradamente y él dijo un par de vituperios en voz alta, desenvaino la mano de sus jeans y le atizó un lamentable bofetón que le volteo la cara a mi imposible amor. Ella se llevó a la mejilla perjudicada sus dos manos blanquísimas que contrastaban con sus ojos cada instante más rojos, sus lagrimales se llenaron de lágrimas hasta que se desbordaron, él dio media vuelta y se marcho, ella se quedo ahí unos minutos petrificada por el asalto a su dignidad. Mientras esto ocurría yo sostenía mi balón con las dos manos y la libertad con la que hasta entonces había respirado se vio comprometida y, pensaba –si estuviera en el lugar de él, yo no podría hacerle eso a ella, yo sólo la podría amar y haría todo lo que estuviera en mi para hacerla feliz, sin comprometer mi felicidad, claro está- me metí a mi casa y no la vi en diez días. En el decimo onceavo día llegó el canalla con un ramo de rosas, toco a su puerta y ella lo recibió con un gran beso. En está ocasión la bofetada la había recibido yo.

A veces nos da más miedo ser amados que maltratados, “más vale malo conocido que bueno por conocer”. Cuando alguien nos ama tanto, en el fondo sentimos que no lo merecemos y hacemos todo por echarlo a perder, hasta que somos los suficientemente desdichados para sentirnos cómodos. No queremos las responsabilidades que conlleva el amor y preferimos las ventajas del victimismo “déjalo ir, si es tuyo regresará, sino es que nunca lo fue”. Esto es falso, cuando quieres algo o alguien hay que tomarlo, procurarlo y defenderlo.

Nunca supe su nombre, es más nunca hable con ella, pero cuando te conocí prometí que te amaría como quise amarla a ella y que nuca te lastimaría, como una forma de no defraudar a cierto niño que seguramente te ama en secreto y al niño que aún vive en mi. Es triste darte cuenta que a quien amas ya no quiere ser amada, como se dice en el beisbol, “no hay defensa contra la base por bola” y lo único que queda es esperar a que vengan tiempos mejores.

viernes, 11 de junio de 2010

Mes Y Medio Y Cuatro Fines De Semana


Lo nuestro duró lo que dura un vaso con hielos en Veracruz. ¿Poco tiempo? (Tiempo: el tiempo es la magnitud física con la que medimos la duración o separación de acontecimientos sujetos a cambio, de los sistemas sujetos a observación, es decir, el tiempo es la sucesión de momentos, y esta sucesión de momentos estará deformada por la gravedad del sistema de referencia donde esté situado el observador) Nuestra atracción era muy grande, nuestro tiempo pasó lentamente, no fue mucho ni poco tiempo, ha sido el exacto.

Fuimos tan felices hasta que puso los pies sobre la tierra. (Gravedad: es una de las cuatro interacciones originales, origina la aceleración que experimenta un objeto en las cercanías de otro objeto. Dicha fuerza es una ilusión, un efecto de la geometría. La tierra deforma el espacio-tiempo de nuestro entorno, de manera que el propio espacio nos empuja hacia el suelo. Ingravidez: pegamento que unía a Nadia y Luis. De pronto me vi, como un perro de nadie ladrando, a las puertas del cielo.

Tenían razón mis amantes en eso de que, antes, el bueno era yo, con una excepción: esta vez, yo no quería quererla querer y ella tampoco. El único problema de cuando te comes una palomita sin que le dé el aire es que te insertas en un presente que te obliga a renunciar a todos los posibles futuros y, más vale que lo disfrutes, el veneno del amor iba junto con la sal, pegado a la palomita. ¡Vaya que sí lo he disfrutado! Me dejó el corazón en los huesos y yo de rodillas. Desde la webcam, y, haciendo un exceso me tiró dos besos… uno por mejilla.

Y regresé a la maldición de sus ventanas tapiadas, a la perdición del internet sin su presencia, a las universitarias, fáciles y vacías, volviéndome loco dilapidando mi fortuna y ahorrando suspiros por si regresaba. Las esperanzas se han ido muriendo, igual que murió aquella rosa que le regale y cuidó tanto, como símbolo de nuestro amor, no sería extraño que en la mudanza se hubiera estropeado y ahí el principio del fin.
Dijo hola y adiós. Así de contundente y decidida fue, quizás fue lo que me enamoró. Y, el portazo sonó como un signo de interrogación, sospecho que así, se vengaba de otros y de mí. Sí, esa manera que tiene, determinante, práctica, independiente, eso me atrapó entre sus brazos y no quise salir más ahí. Siempre tuvo la frente muy alta, la lengua deliciosa y aún no puedo olvidar su falda muy corta.

Me abandonó, como se abandonan los zapatos viejos, como abandonó esta ciudad, destrozó el cristal de mis gafas que me impedían llorar, y lo único que me ha quedado son sus cartas, su perfume y un retrato. Quisiera prometer que no volveré a escribir de ella, para no agobiarla con mi blog de antologías, pero no sé si lo lograré. Me enamore de ella durante mes y medio y cuatro fines de semana, ¿cuántas noches me tomará olvidarla?

domingo, 6 de junio de 2010

Ya Lo Pasado ¿Pasado?

Baltasar Garzón Real, es un magistrado español, juez titular del Juzgado Central de Instrucciones número 5 de la audiencia nacional. Es Doctor Honoris Causa por la universidad de Jaén y veinte universidades más. Su éxito es resultado de su eficacia en el combate a las drogas en España, las investigaciones a ETA y su entorno, pero sobretodo por haber enjuiciado y acusado a Augusto Pinochet por genocidio durante la dictadura en Chile. También ha investigado sobre las desapariciones en la dictadura franquista, lo cual le ha acarreado muchos enemigos. Recientemente ha sido suspendido cautelarmente de sus funciones como juez por el Consejo General del Poder Judicial después de que se acordara la apertura de un juicio oral en contra del juez Garzón por presunta prevaricación. El juicio se abrió tras admitir una querella presentada por organizaciones de ultraderecha, es decir, los herederos del franquismo.

Muchos personajes españoles han reaccionado en contra del juez Garzón, como si quisieran tomar venganza histórica, entre ellos el novelista Javier Marías quien publicó en el diario El País un artículo en franca alusión a lo ocurrido con el juez, aquí un fragmento de lo que escribe:

“Una de las costumbres o modas que me parecen más inútiles y nocivas es pedir perdón por las cosas que uno no ha hecho, con la agravante, además, de que no está uno facultado para ello. Hay en esa práctica un elemento de masoquismo y otro de engreimiento, aunque parezcan propensiones contradictorias. Los actuales gobernantes o representantes de una institución se flagelan y se disculpan por las atrocidades o equivocaciones que cometieron, a veces en tiempos remotos, quienes rigieron los comportamientos de sus respectivos países o instituciones, y con las que ellos no han tenido nada que ver. Por otro, se arrogan absurdamente las capacidades para enmendarles la plana a sus predecesores muertos, como sino sólo se heredaran las culpas, sino también la posibilidad de expiarlas y de compensar los daños causados. Dar consuelo a sus herederos, no deja de ser una falacia bienintencionada y hueca que en la mayoría de los casos sólo tiene como fin halagar el narcisismo de quienes no han sido victimas pero disfrutan sintiéndoselo. Nada parece complacer tanto a las poblaciones actuales como la autocompasión y el victimismo; quizá no hay tampoco nada tan rentable. Lo cierto es que cada dos por tres un dirigente alemán se disculpa por los campos de concentración, clausurado cuando él aún era un niño; un papa del siglo XX presenta sus respetos a Galileo, que murió en 1642; los políticos suramericanos, con apellidos inequívocamente españoles, como Chávez o Morales, exigen en castellano que el Rey Juan Carlos se de golpes en el pecho por lo que en ultramar hicieron, en el siglo XVI, Colón, Cortes o Pizarro; los rusos se excusan ante Polonia, mientras el Japón se niega a hacerlo ante la China y Turquía ante Armenia, pese a las reiteradas peticiones de los bisnietos de los masacrados. Lo que pasó, pasó, y no hay quien lo rectifique, ni lo enmiende, ni lo repare.”

Todo esto lo escribe Marías sin reparar en que los silencios imperecederos son más vituperables que las aceptaciones tardías. Los silencios son, de muchos modos, una complicidad a los horrores del pasado. Que una persona se disculpe por los errores del pasado quiere decir que durante su gestión no volverá a ocurrir. Que el juez Baltasar Garzón reavive los crímenes del franquismo y por ellos la clase política quiera sacrificarlo, sólo es un indicador de que los fantasmas de la dictadura aún rondan por la España contemporánea. Las cosas nunca pasan, siempre dejan huella y determinan cada pensamiento, los pensamientos se ven reflejados en las actitudes y las actitudes en acciones. Javier Marías escribe como si el tiempo fuera un pagador que al final salda las cuentas, pero yo lo dudo mucho, el tiempo sólo hace que crezcan los intereses y la deuda se haga más grande. ¿Quién es uno para determinar en cuanto tiempo se olvida la ausencia de un padre o una madre desaparecida? Prueba de que las cosas nunca terminan es que los errores de una persona, y que alguna vez te beneficiaron, siguen su inercia y te quitan lo que te dieron. Sin embargo dice Fitzgerald “La prueba de una inteligencia superior es saber que las cosas no tienen remedio y mantenerse sin embargo decidido a cambiarlas”. ¿Nos volveremos a encontrar?