¡¡Ramón, Ramón!!-Chinga, ¿porqué no abres?- eso fue lo primero que escuche cuando me quite los audífonos, había estado escuchando a Elvis todo el día, en especial All shock up, canción que me mueve por dentro. Me asome por la ventana de mi recamara hacia el pasillo para ver quién gritaba. Era un hombre de 60 años aproximadamente, esbelto (cuerpo de torero como diría mi abuelo) la parte más alta de su cabeza estaba un metro setenta y cinco sobre el suelo, su cabello entrecano peinado perfectamente hacia atrás, piel morena, bigote bien recortado, la camisa era blanquísima, el traje y la corbata eran del color de la noche, cuando se acaba la esperanza.
Salí al pasillo, disfrazando mi curiosidad con un falso servilismo y con voz tímida pregunte -¿puedo ayudarle en algo señor?- me miró como quien se inconforma con el destino por comisionarle la tarea de ayudarlo a un ser imberbe, y me dijo –Estoy buscando a Ramón, es mi hijo, he intentado localizarlo por teléfono, en su trabajo, con sus amigos, ahora en su apartamento y no me responde, ¿lo conoces, sabes algo de él?- Conocí a Ramón un par de años antes, cuando se mudo al edifico, vivíamos en el mismo piso, era un tipo callado, sólo lo saludaba y siempre traía un morral, creo que se dedicaba a arreglar computadoras. En ese momento me acorde que tenía varias semanas que no lo veía y respondí dudoso –sí, claro que lo conozco, pero no lo he visto en varios días- el hombre dio media vuelta y se dirigió hacia las escaleras, y agotando el último recurso preguntó. ¿Habrá alguna forma de entrar a su departamento?
Podría contarle cómo fue que entramos al apartamento, pero hay varios motivos por los cuales no lo voy a contar. El primero es que, tardaría unas veinte páginas en contárselos, y probablemente me metería en problemas legales. Así que omitiré esta parte del relato para hacer este texto más breve y proteger a mis fuentes.
Entramos al apartamento, había una mesa pequeña, y en ella, un plato hondo con una cuchara, quedaban algunos restos de cereal y leche seca en el plato. Tres sillas alrededor de la mesa, un sofá de los llamados lovesit y una televisión vieja, era todo lo que había en la estancia. Al fondo había un pasillo que conducía a la recamara de Ramón, la puerta estaba emparejada. Empujó la puerta y esta cedió lentamente con un rechinido. La cama estaba toda revuelta con sabanas, cobijas y algo de ropa. Del lado derecho estaba una guitarra en el suelo, estaba rota, sólo estaba unida por las cuerdas. Del otro lado junto a un librero ordenado alfabéticamente quedaba un pequeño escritorio con papeles revueltos y una laptop, encima una carta en la cual se podía leer. De: Ramón Valdivia Macotela.
Salí al pasillo, disfrazando mi curiosidad con un falso servilismo y con voz tímida pregunte -¿puedo ayudarle en algo señor?- me miró como quien se inconforma con el destino por comisionarle la tarea de ayudarlo a un ser imberbe, y me dijo –Estoy buscando a Ramón, es mi hijo, he intentado localizarlo por teléfono, en su trabajo, con sus amigos, ahora en su apartamento y no me responde, ¿lo conoces, sabes algo de él?- Conocí a Ramón un par de años antes, cuando se mudo al edifico, vivíamos en el mismo piso, era un tipo callado, sólo lo saludaba y siempre traía un morral, creo que se dedicaba a arreglar computadoras. En ese momento me acorde que tenía varias semanas que no lo veía y respondí dudoso –sí, claro que lo conozco, pero no lo he visto en varios días- el hombre dio media vuelta y se dirigió hacia las escaleras, y agotando el último recurso preguntó. ¿Habrá alguna forma de entrar a su departamento?
Podría contarle cómo fue que entramos al apartamento, pero hay varios motivos por los cuales no lo voy a contar. El primero es que, tardaría unas veinte páginas en contárselos, y probablemente me metería en problemas legales. Así que omitiré esta parte del relato para hacer este texto más breve y proteger a mis fuentes.
Entramos al apartamento, había una mesa pequeña, y en ella, un plato hondo con una cuchara, quedaban algunos restos de cereal y leche seca en el plato. Tres sillas alrededor de la mesa, un sofá de los llamados lovesit y una televisión vieja, era todo lo que había en la estancia. Al fondo había un pasillo que conducía a la recamara de Ramón, la puerta estaba emparejada. Empujó la puerta y esta cedió lentamente con un rechinido. La cama estaba toda revuelta con sabanas, cobijas y algo de ropa. Del lado derecho estaba una guitarra en el suelo, estaba rota, sólo estaba unida por las cuerdas. Del otro lado junto a un librero ordenado alfabéticamente quedaba un pequeño escritorio con papeles revueltos y una laptop, encima una carta en la cual se podía leer. De: Ramón Valdivia Macotela.
Su padre leyó la carta, sus ojos ahora más cansados se inundaron de lágrimas, me dio dos palmadas en la espalda en señal de agradecimiento, hizo bola la hoja y la tiro al suelo, salió del departamento, me asome por la ventana para ver cuando se marchara. Al llegar a final de la calle, doblo a la izquierda. Me acorde de la carta y regrese para ver que decía. ¿Quieren saber qué contenía?
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