Érase una vez un hombre cuya
terapeuta tuvo una buena idea con la finalidad de que el hombre trabajara
algunas problemáticas, esta idea consistía en contar una historia.
El hombre vivía en un cuarto, en
una parte de la ciudad arriesgada, por esa razón tenía todo organizado de
manera eficiente. Un día el hombre despertó y se dio cuenta que todo lo que
tenía era por él, no era poco pero tampoco era gran cosa y no había posibilidad
de mejorar. El hombre era inteligente para darse cuenta de esto, sin embargo no
era suficientemente inteligente como para hacer algo diferente y cambiar su
situación. Así vivió el resto de sus días y eventualmente murió. Fin. ¿Feliz
ahora?
El hombre pudo ver que su terapeuta
no estaba conforme.
Un final insatisfactorio, opinó
la terapeuta, y sugirió al hombre que intentará hacerlo mejor. El hombre pensó
¿está siendo sería sobre esto? Pero no dijo nada en voz alta. El hombre no
estaba convencido sobre si necesitaba hablar con la terapeuta en lo absoluto,
pero ya había tratado muchas otras cosas (pociones, hechizos, embrujos), y
gastado mucho cobre y plata, en cosas que no le había dado ningún resultado,
entonces se dijo, ¿Por qué diablos no?
Entonces, ¿cómo lo hago? Preguntó.
Porque no empiezas de nuevo,
replicó la terapeuta y en el momento en que te precipites a llegar al final
concéntrate en los detalles.
Está bien, el hombre respondió.
Érase una vez un hombre que no
sabía cómo usar una espada y también tenía mucho miedo de los dragones,
entonces presentó el examen para entrar a la escuela de leyes, lo hizo bastante
bien y fue admitido en una escuela de leyes decente. Allí él aprendió
habilidades muy útiles. Habilidades que le permitirían tener un ingreso para
vivir en la aldea y poder cortejar a una lugareña.
Pero lo que este hombre vino a
encontrar, poco después de la graduación fue que, en este pueblo en particular,
había muchas personas con las mismas habilidades. Muchas, muchas personas.
Resultaría realmente difícil exagerar sobre cuántos abogados había en esa
aldea. En consecuencia y a pesar de todo el esfuerzo del hombre las doncellas
locales no estaban impresionadas y después de todas esos años de estudio, el
hombre estaba avergonzado de admitir el triste hecho de que él aún no sabía
cómo usar una espada.
Pero el hombre estaba bien con
eso. Totalmente en paz. No se sentía inadecuado en lo absoluto. Consiguió
trabajo en un despacho mediano. La paga estaba un poco por debajo del mercado y
el puesto no era exactamente su primera opción, la tercera mejor si acaso.
Dejémoslo en las cinco mejores. Aunque podría haberle ido peor. Ejercer su
oficio de manera competente le permitió tener una vida cómoda y disfrutar de la
compañía de alguno que otro amor. Sus padres se habían marchado ya, su hermana
vivía en otro reino al otro lado del mar, pero él parecía tan solitario a pesar
de tener amigos. Algunos amigos le hablaban para tomar una cerveza o ver una
película, era sólo que… bueno, había esas noches. Noches cuando la luna era
nueva, el cielo obscuro y la hora justo antes del amanecer se extendía ante él,
amenazando no tener fin. Una de esas interminables noches, él se recostó, solo
en su cuarto, viendo por la ventana un cielo sin estrellas, preguntándose
¿habrá una vida para mí, allí afuera en el mundo? ¿Alguien que me ame? O que
pueda aprender a amarme, o por lo menos que permita ser amada por mí.
Pensó en una encantadora joven,
pero él no tenía la magia, el talento, por tanto no era una verdadera opción.
Si él realmente quería encontrar una doncella para casarse tendría que hacerlo
a la vieja escuela. Engañándola. ¡Broma! No, tendría que encontrar a una mujer
con las expectativas suficientemente bajas como para que él tuviera la
oportunidad de luchar.
Eventualmente encontró a esa
mujer, hija única de un artesano que hacía velas. Una chica a la que todos en
aldea la veían como centrada y madura, aunque algo triste, tristemente callada,
no fue hasta que tuvieron muchos años de casados cuando él comprendió lo
verdaderamente triste que ella era.
Pero él siguió con su plan sin
considerar a nadie. Por ahora el punto era que el hombre sabía que tenía que
casarse con la hija del artesano. Porque a diferencia de todo el mundo,
incluyendo al propio artesano, él podía ver una cosa: la joven no era centrada
ni madura en lo absoluto. Simplemente poseía una forma peculiar de magia que
utilizaba para esconder su hermosura. El hombre le dijo que él sabía su
secreto. Ella lo negó, y él le dijo que sabía que lo negaría. Por supuesto ella
tenía que negar que de hecho fuera la doncella más atractiva de la aldea,
probablemente de todo el reino. La chica parecía confundida. Su cara enrojeció
al sentir vergüenza. Ella buscó hacer contacto visual con él tratando de
entender por qué se burlaba así de ella. Pero el hombre no sonreía, se mantenía
serio. Le dijo que sabía porque usaba su magia para esconder su belleza, lo
hacía con la finalidad de protegerse a sí misma. Pero, por alguna razón, él (y
sólo él) podía verla. Entonces la chica empezó a llorar, porque el hombre
trataba de humillarla ¿o no era así? Pero ella observó que él se mantenía
serio. Después de un rato paró de llorar, acerco su cara aún con lágrimas y beso
al hombre suavemente en los labios.
El hombre pidió al artesano la
mano de su hija para desposarla. Entonces el padre pidió al hombre que matara
un dragón para demostrar su devoción. A pesar de que el hombre estaba en buena
forma física, especialmente si consideramos que no tenía tiempo para ir al
gimnasio, no estaba lo suficientemente fuerte para blandir una espada a dos
manos, entonces hizo de la necesidad virtud y se dio a la tarea de buscar al
dragón más pequeño que pudo encontrar.
Después de una larga búsqueda, encontró uno
apenas más grande que un ave salvaje. Posiblemente un bebé, y siendo honestos
el dragón parecía enfermo. Tenía los ojos húmedos y parecía asustado, el hombre
levantó su espada por encima de la cabeza para matarlo, entonces su prometida
dijo: No lo hagas, por favor. Eso es tonto. No necesitas matar a un bebé dragón
para probarme nada. Está bien, dijo el hombre, apenas ocultando su alivio. Bajó
su espada, hizo una caricia al dragón en la cabeza y lo regresó a la cueva
donde lo había sustraído. El artesano estaba enojado, tal vez no enojado –pues
era de alma noble- pero definitivamente si estaba a disgusto. Aun así, quería
que su hija se casara, por lo que a regañadientes, dio su bendición. El hombre
había encontrado a su esposa.
El hombre le dijo a su prometida,
te proveeré de una gran vida. Una vida cómoda por lo menos. Deja de hablar y
vámonos antes de que mi padre cambie de opinión, le contesto ella.
Y se marcharon.
El hombre amó a su esposa.
Excediendo la manera en que él sabía amar y se le notaba, no sólo por su
torpeza con las manos, sino también en el corazón. Dejaba escapar palabras,
perdía oportunidades y a pesar de tener las mejores intenciones era propenso a manifestar
su máxima torpeza con las cosas frágiles. Juntos compartieron una existencia
tranquila que fue definida por expectativas bien administradas. Su existencia tal
vez no era materia de leyenda o digna de un “erase una vez” pero era cómoda y
honesta.
En este punto, él se preguntó en
voz alta si realmente valía la pena pasar este tiempo con la terapeuta.
Pero el hombre había empezado a
comprender que su terapeuta no lo dejaría ir hasta que navegara a través de
este ejercicio y abrirse paso a lo largo de:
- Una
ruta emocionalmente honesta;
- Una
ruta inesperada;
- Al
inevitable destino.
Cualquier cosa que esto
significara.
El hombre suspiró y continuó.
Érase una vez un muchacho que no
sabía cómo blandir una espada, incluso cuando vio un dragón niño casi se hace
pipi en los pantalones. Entonces fue a la escuela de leyes, donde aprendió un
montón de habilidades muy útiles, cuando se graduó se convirtió en abogado lo
que le permitió construir una buena vida.
¡Estupendo! A la terapeuta le
gusto el rumbo que tomaba esta historia.
Pero él tenía el sueño de
conseguir algo más. Él le dijo esto a su esposa, mientras se recostaban en una
piedra fría en su cabaña una noche.
¡Oh! Ella dijo esperanzada y un
poco sorprendida, ¿de qué trata tu sueño, serás un súper héroe?
No, respondió con timidez. En lo
profundo de su corazón él no deseaba ser abogado o héroe, pero si herrero. Un
sueño tonto el cual no tendría que habérselo dicho a nadie. Esperaba que su
esposa se riera de él, pero no lo hizo. A ella le pareció encantador ese sueño.
Pero una vez que expresó esto, el
hombre estaba fuera de sí mismo. Ser herrero estaba pasado de moda y era
realmente difícil vivir de ese oficio. Aunque él podría, por supuesto, mantener
su empleo como abogado y así poder seguir proveyendo a su esposa, a lo que la
hija del artesano respondió, sé que lo harás.
Hacia frio, se abrazaron de
cucharita. Hicieron el amor bajo un cielo ausente de estrellas. Por la ventana
el hombre vio una sola estrella, era más cercana que cualquier otra y titilaba.
De esta manera se hicieron las
cosas por un tiempo. Hablaban en la noche, hacían el amor, el hombre caía
rendido y dormía y su esposa lo escuchaba roncar preocupada por él. Él parecía
cansado, sobreexplotado, ella permanecía despierta por la preocupación más allá
de la hora de las brujas, lo que repercutió en su disposición a dormir, ahora
dormía menos y estaba somnolienta justo antes del amanecer, se sentía ansiosa,
así que tomaba pociones, hierbas y otras cosas de la botánica. Todo bajo
prescripción, nada auto medicado o por ocurrencia de ella, sin embargo, las
pociones no ayudaron o tal vez ayudaron muy poco, provocándole ausencia de
memoria, perdía una hora a aquí otra allá, pero nada podía reducir su ansiedad y
preocupación. Resulto que tenía razón en tener estos sentimientos.
Una noche, en el corto tiempo
durante el cual dormían tanto ella como su esposo, una hechicera vino desde
lejos y puso un hechizo en su casa sin explicación alguna, nunca lograron
comprender tal situación. Ellos no serían bendecidos con el regalo de un hijo,
aquella maravillosa estrella que colgaba del cielo nunca bajaría para ser
alcanzada por ellos.
La pareja acogió la noticia de
diferentes maneras, la hija del artesano investigo, leyó libros sobre este
problema y se refugió en un grupo de apoyo los martes. El hombre inseguro de lo
que tenía que decir, trato de no hablar al respecto. Dejo de ser herrero por un
tiempo. Comenzó a rechinar sus dientes por la noche. La distancia entre ellos
aumentó. El hombre quería tocar a su esposa para estar con ella, pero esto le
dolía mucho a ella.
Todavía se amaban y un día
después del trabajo, el hombre volvió a su casa con dos botellas de buen vino,
las abrieron y se sentaron en medio de la sala de su cabaña y bebieron todo el vino,
acompañado de pan rustico, se rieron de ellos mismos, trataron de ver el lado
bueno de ser maldecido por una fuerza malévola y en la mañana cuando
despertaron se sintieron mucho mejor.
Siempre hubo la posibilidad de la
adopción. La cual les tomaría tiempo, dinero y suerte, pero no tenían prisa ¿No
tenían? Además mientras esperaban disfrutarían de su mutua compañía. Tomarían
más vacaciones. Incluso podrían ahorrar algunas monedas de cobre. Tal vez hasta
podrían hacer el viaje a la costa. Ante la adversidad por qué no ver un vaso
medio lleno de toda esta circunstancia.
Y luego de la nada ¡boom!
Simplemente así como así. Justo cuando el hombre estaba por rendirse, la
estrella descendió desde el cielo hasta el vientre su esposa. Ahí empezó a
germinar durante seis semanas hasta que sintió el latir de su corazón. A las
doce semanas comunicaron a la familia y amigos la buena noticia. A las 18
semanas supieron que sería un varón. Su muchachito, el abogado–herrero y la
hija del artesano estaban llenos de alegría. No querían cuestionarse el por qué
estaba ocurriendo esto justo ahora, o si tenía que ver con que ellos finalmente
lo habían dejado ser. Solo se sentían agradecidos con el cielo y con la tierra
y con cualquier pequeña magia que había en el mundo.
No fue un embarazo fácil, hubo
noches en las que el lobo invisible cobijado por el fuego del viento, trataría
de arrebatarles al niño con sus mandíbulas y devolverlo a las colinas. El lobo
los acecho hasta las 30 semanas. A las 32 semanas volvió. El anciano mago
estaba preocupado por la esposa del hombre, que pasaba las noches en vela sólo
por precaución.
La fortuna les sonrío a partir de
la semana 35. Los magos aún tenían preocupaciones. Observaban a través de las
bolas de cristal y todo artefacto que tenían a su disposición, a puertas
cerradas y en voz baja, afirmaban con la cabeza mientras acariciaban su
barbilla, como sólo los sabios saben hacerlo. Dirigían al abogado-herrero
miradas sombrías y pesadas. Los magos fueron muy amables considerando la
gravedad del asunto. Cuando el niño finalmente nació, el hombre y su esposa
lloraron de alegría y emoción. Dos brazos y dos piernas. Dos ojos, una nariz y
boca, color en sus mejillas. Su cabeza cubierta por mechones suaves casi
invisibles.
Fue apenas unas semanas después
cuando la esposa del hombre se dio cuenta.
Algo sobre su bebé.
Dificultad para ver primero, pero
el niño parecía estar bien amamantado y dormido.
Durante los primeros dos meses,
el herrero y su esposa frecuentemente paraban de hacer lo que estaban haciendo,
se miraban el uno al otro como diciendo, lo hicimos. Seis meses después ya no
se miraban el uno al otro, en lugar de eso, cada uno estudiaba al niño, temerosos
de decirse cualquier cosa que pudiera hacerse realidad sólo con verbalizar, así
día tras día, cada vez más difícil de ignorar. Sólo decían generalidades
positivas, vagas expresiones de esperanza, no había razón para preocuparse aún.
Sin saltar a alguna conclusión.
A los doce meses, ya no decían
nada, no necesitaban decir absolutamente nada.
El hombre y su esposa llevaron de
vuelta al niño con los magos que lo habían traído al mundo. Primero los sabios
se reusaron a verlo. El hombre movió la cabeza gentilmente, la esposa cayó de
rodillas y rogó. El hombre trato de levantarla en sus brazos, pero ella no se
movía. Ella lloró ahí frente a la torre de los sabios durante tres brutalmente
calurosos días y tres dolosas frías noches, el hombre veía por encima de ella
todo el tiempo.
En la mañana del cuarto día salió
uno de los magos, camino a algún otro lado, pero fue perturbado y hasta un poco
asustado por la hija del artesano que todavía estaba esperando ahí. No podía
permitir que continuara por más tiempo.
Su hijo, les dijo, él nunca será
de este mundo.
Ahora la esposa del hombre se
quebró en llanto fresco. El hombre miro al mago y preguntó ¿qué es lo que
quieres decir? ¿Qué es lo que esto quiere decir? Sé que eres un mago y esta es
la manera en la que hablas pero no puedes decir algo como esto y simplemente
quedarte ahí parado.
El espíritu del muchacho, intento
explicar el mago, lo que muchos llaman alma está atrapado. Es similar a que
algo estuviera dentro de una pequeña caja, y esa caja estuviera dentro de otra
caja, y esa otra caja dentro de una más y así al infinito.
¿Esto es a causa de la maldición?
Podría ser, es difícil saber con
precisión. Es posible que el chico tenga miedo de entrar en el mundo, o no se
permite con plenitud, debido a la energía obscura persistente que se adjuntó a
su creación.
Energía obscura, en esta frase,
la piel del hombre se tornó fría, lo temía, lo sabía. Algo en él había causado
todo eso. No tenía modo de probarlo, pero el hombre sabía que era su culpa. Ni
siquiera podía ver a su esposa, temía que con una sola mirada ella entendería
todo. No importa si a su esposa le paso por la mente algo al respecto, ella no
lo traicionó. Entonces, ella tomó la mano del mago entre las suyas y lo
presiono para que le diera una alternativa. ¿Qué podemos hacer, díganos, qué
hago?
El mago respondió, tal vez si se
escondieran en un lugar recóndito con él. Tan recóndito que sea imposible
volver. Ustedes nunca lo conocerán, pero al menos podrán cuidarlo, amarlo, ver
que tenga todo lo que un niño necesita.
Tan pronto como el
abogado-herrero escuchó estas palabras, supo que era la respuesta adecuada. Se
preguntó qué cubriría su seguro, qué tan alto sería el deducible, cuánto
tendría que gastar de su propio bolsillo. El abogado-herrero vio por delante de
él largos años de psicoterapia, escuelas especiales, ayudas, fiestas de
cumpleaños que no harían y a las que no irían, no tendrían reuniones para jugar
con amigos ni podrían ir al beisbol con su hijo.
A los 16 meses, el bebé se
levantó y aplaudió. A los 20 meses, una palabra. Hola. Hola. Hola. Luego, a los
dos años, más palabras, todas en una rápida sucesión: Mamá, Papi, perdón. ¿Por
qué perdón? Tal vez lo escuchaba constantemente. A los tres años preguntó. ¿Qué
es eso? Y ¿Quién es ese? Y ¿A dónde vamos? Cuando tuvo cinco años el hijo del
abogado-herrero dijo, mi papa es mi mejor amigo. Esto lo dijo desde algún lugar
muy profundo de su ser. El hombre apenas pudo escuchar a su hijo, el niño
estaba sentado en el piso y parecía confundido, y su boca emitió un terrible
sonido. Un viejo sonido, un dolor atrapado ahí. El niño vio por la ventana a
otros niños corriendo. Él quería correr pero sus piernas no funcionaban bien.
Su padre le dijo, tus piernas
hacen el trabajo hijo, tus piernas están bien, y el hijo dijo, entonces ¿Por
qué me siento atrapado? Su padre le dijo, lograremos liberarte. Esas son lindas
y buenas piernas. No te enloquezcas ni te obsesiones por tus piernas. Mírame,
mira a tu mamá. Resolveremos esto. Tu madre y yo te dimos esas piernas, lo
sentimos, perdóname, esto no es tú culpa y tú lograras correr.
El niño con el tiempo corrió. Más
o menos parecía divertido pero otros chicos se rieron de él. Así que después de
algunos intentos el niño dejó de correr.
¿El hombre estaba bien?
¿Necesitaba un momento?
El hombre estaba bien. ¿Un vaso
de agua tal vez?
No, el hombre dijo, estoy bien.
Respiró profundo, todo parecía
estar bien, prosiguió.
En lo referente a otros asuntos,
la cosa marchaba bastante bien. Como se vio después el hombre tenía talento
para la herrería. No un gran talento. No podía hacer espadas para caballeros y
princesas, pero tenía algo y la gente lo notaba. Empezaron a llevarle cosas a
herrar, sacaba lo mejor de esas cosas. Golpeó cosas y aplanó otras, hizo más
cosas y otras las perdió en el fuego. Lo que había comenzado como pasatiempo se
convirtió en una industria artesanal.
Tenía tiempo para hacer todas
estas cosas porque hacia rápido su trabajo en el despacho de abogados, debido a
que ahora ejercía sólo en gobiernos locales. Sin bonos ni beneficios, pero
ahora tenía mucho tiempo de sobra. El hombre iba más seguido a su casa a cenar.
Él, su esposa e hijo se mudaron a una cabaña un poco más grande, apenas afuera
de la villa. El abogado-herrero aún no era un Caballero o un Señor por
supuesto, pero proveía bien a su familia. Nunca pasaron hambre, las cosas estaban
bien la mayoría de las veces. Aunque ocasionalmente cuando iban a la villa al
festival de las cosechas, otras familias los veían con una mezcla de simpatía y
algo más, algo parecido a te admiro pero
no me toques o podría contagiarme de tu desgracia. Por supuesto ellos
adiaban ser vistos de esa manera. Simpatía, como en, yo simpatizo contigo y te
ofrezco mi corazón, te ofrezco mi corazón, como en, tú por allá, quédate allá y
no te acerques ni un poquito, te admiraré en la distancia. El hombre estaba
consciente de su situación, su esposa le decía, no seas tan duro con la gente,
tienen buenas intenciones, pero el hombre dijo, las buenas intenciones son una
mierda. Él sabía cómo los veían y cuánto odiaba ser visto así, con esa
presunción sin que esas familias dijeran algo en concreto, esa era la peor
parte. Excepto cuando dijeron algo, entonces eso fue aún peor. Le decían cosas
como: Tan inspirador, tú debes ser muy fuerte, desinteresado. Ahora se había
vuelto un cuento de hadas. La idea de la gente desinteresada, como si sus vidas
fueran de algún modo diferentes, como si no tuvieras defectos o el impulso de
querer beber un par de copas o tres o diez, como si tener un hijo como el de
ellos nos diera una especie de encanto, algún imaginario cuento de hadas de los
seres humanos que no son humanos, donde las personas nunca se aburren, cansan o
se excitan. Pero el abogado-herrero por mucho que le molestaban esos extraños
con sus miradas sinceras, no podía culparlos. Así que sólo los ignoraba.
Estaba haciendo todo lo posible
para conseguir una promoción y ser el nuevo abogado en jefe de su despacho.
Ahora su hijo ya tenía acho años. No, cerca de diez. Ahora quince. Iba dejando
rápidamente los años atrás pero seguía sin tener amigos. El hombre sentía dolor
cada que su hijo le preguntaba por qué no tenía amigos, sin embargo, le dolió
más el día en que su hijo no preguntó más, aunque ya hace mucho de eso. Las
cosas aún estaban bien. Su cabaña empezó sentirse pequeña, entonces compraron
otra. En un buen momento, pues apenas el mes anterior el abogado-herrero había
conseguido un mejor trabajo. Pero algo en él no le permitía tener la actitud
que cualquiera esperaría. Él había oído rumores en los pasillos de la oficina, que
a todos les agradaba su familia, pero se preguntaban si podría comprometerse
con la responsabilidad adicional que exigía su nuevo empleo, teniendo en
cuenta, además, sus circunstancias, pues sabían que tenía un niño en casa que
requería cuidado especial. Tal vez esta fue la mejor manera de no hacerle saber
cuál era el verdadero problema. Tal vez todos se sentían incomodos al estar
cerca de él, cierta lastima, su preciosa esposa y su niño con discapacidad o
cualquier cosa que esto fuera. Nunca lo despedirían, él lo sabía, así que
tendría ese trabajo todo el tiempo que él así lo dispusiera, haciendo encuestas
con los feudos locales. Dividir el reino entre señores y vasallos, evaluar los
impuestos de los hombres más ricos, mucho más de lo que jamás podría soñar con
ser, constantes entradas y salidas de dinero en sus cuentas, a pesar de todo,
una vida estable, una vida para su familia. Eso es lo que toca hacer.
Entonces él lo hacía. Se sentía
enojado con su esposa, a pesar de que ella nunca le cuestionaba sus labores.
Comenzó a llegar tarde a casa, primero por trabajo, después por cualquier otro
pretexto. Su esposa hacia viajes cada vez más frecuentes a la botica, tanto que
comenzó a aprender el oficio. Pronto había perfeccionado su propia receta. Un
elixir para relajar, ella lo llamaba, Sólo
para pasar el día.
Su hijo continuo creciendo, al
menos su cuerpo lo hacía. El resto de él… es difícil de explicar. Algunas veces
parecía como si su alma estuviera atrapada en su mente, su mente estuviera
atrapada en su cerebro, su cerebro atrapado en su cuerpo, su cuerpo que se
estaba convirtiendo en el cuerpo de un hombre mientras algo en él revoloteaba
como una mariposa nocturna, sin ninguna dirección, sin nuestra comprensión, era
un niño. Un bebé. Su bebé.
¡Maldita sea! ¿De verdad, tengo
que seguir haciendo esto? No sé si continuar haciendo esto.
Continua, lo estás haciendo bien.
¿Qué es lo que estoy haciendo
bien?
La terapeuta dijo que esto era un
progreso serio. Finalmente el hombre estaba llegando algún lugar al hacer este
ejercicio.
El hombre se había quedado sin
palabras que decir. Sus axilas escurrían de sudor, le dolía la espalda,
había dejado la mitad del trasero en el sofá de la terapeuta. Sentía ganas de
ir al baño, realmente estaba agotado de estar escribiendo. Está bien. Él pudo
haber tomado un descanso, tomar agua y entonces cuando estuviera listo,
comenzar de nuevo.
Pero el hombre no comenzó de
nuevo, la terapeuta lanzó una mirada llena de significado al reloj, el hombre
entendió que su tiempo ya casi había terminado, entonces comenzó de nuevo. Érase
una vez una terapeuta que no tenía idea de lo que estaba haciendo.
El hombre espero alguna reacción,
pero la terapeuta no cayó en el anzuelo, no dijo nada, sólo asintió y se
inclinó hacia adelante esperando que continuara.
Érase una vez una terapeuta quien
no hacía nada bien y costaba demasiado, no era lo que costaba precisamente lo
que le molestaba al hombre, eso estaba bien, aunque fuera del presupuesto, de
cualquier manera él no era el tipo de persona que contrataría a una terapeuta.
Eso era para gente rica, él había ido por sugerencia de su esposa. Pronto sería
su ex esposa, tal vez. Qué clase de mierda es esta, imponiéndole condiciones
para salvar su matrimonio, como si mereciera esto, después de todo lo que ha
hecho, ¡Condiciones! ¡Condiciones! Como si él fuera el único que rompió la
relación, como si él fuera el único que estuviera enojado con el niño, el
hombre-niño, nunca violento pero si un poco malvado. Pero ¡Ah Dios Santo! Él no
sabía de dónde provenía esa maldad, no pudo evitar sentirlo, simplemente “eso”
se apodero de él, la sangre se le subió a la cabeza, escalando por su cara,
podía sentirlo, iba a decir algo de lo cual se arrepentiría, iba a decir algo
que era lo contrario de lo que él quería decir, cuando en realidad lo único que
quería era acariciar la cara de su hijo, entonces dijo.
¡Lo siento! ¡Ah mierda! Lo
siento, esto me ha sobrepasado.
Está bien, no te preocupes, toma
un respiro. Toma todo el tiempo que necesites.
No sé.
¿Qué es lo que quieres saber?
No sé si puedo hacer esto.
Toma un poco de agua.
El hombre tomó un poco de agua
helada.
Érase una vez un chico enojado,
que odiaba la historia en la que estaba. ¿Está de acuerdo? Él estaba muy
enojado, ¿De acuerdo? Érase una vez un chico quien no se le permitió empezar
una historia con “érase una vez” porque no había un “érase una vez”, era un
tiempo bien específico, y él no era una herrero, era un tipo normal que vivía
en el bosque, si acaso había esperado más de la cuenta para casarse, esperando
encontrar el momento adecuado su cuerpo había dejado sus mejores años atrás,
pero es que tenía que cuidar a su madre. Creía que su madre siempre merecía
algo mejor. Entonces trabajaba por el día y cuidaba de ella por la noche, una
vez que su madre falleció, entonces se casó. Un poco tarde en la vida, tal vez
demasiado tarde. Pero él quería realizar su propia historia, tan simple como
suena. Era todo lo que él y su esposa querían, entonces el ginecólogo les habló
del elevado riesgo, la maldición de la bruja y todo eso, sin importar nada
tuvieron un niño. El hombre, su esposa y el niño quien reía y aplaudía pero no
hablaba ni corría, eran una familia. Su familia, su esposa –ella era buena,
ella era mejor persona de lo que era él, ella le mostró la manera de amar al
muchacho, él logró amar hasta la caca del muchacho.
Entonces ellos se mudaron a lo
más profundo del bosque. Ellos querían estar realmente lejos de cualquiera. No
querían ver a otra persona nunca jamás. Querían encontrar otro bosque, otra
villa, otro érase una vez, donde estuvieran a salvo de maldiciones, hechizos y
cualquier otra cosa. Dragones, hombres lobo, un lugar sin magia, cualquier cosa
que esto significara.
El hombre y su esposa
construyeron juntos la casa que habitarían, fortaleciéndola con madera, palos,
barro, piedras, todo lo que pudieron encontrar. Ellos vivían cuidadosa y
calladamente ni siquiera se miraban entre ellos la mayoría de los días. Habían
tenido suficiente de la vida con ese cuento de hadas a medias, suficiente
derramamiento de sangre, bastantes pociones y elixires, suficiente de eso para
toda la vida. Pronto se dieron cuenta que si no hablaban y no trataban de
entenderse en lo absoluto entonces su historia simplemente pasaba, sin tratar
de darle significado a algo, dejando de romper sus corazones de por sí ya
rotos.
Entonces, dejaron de pensar, por
las noches dejaron de soñar. Tallaron de sus cabezas aquellas zonas donde se
fabrican los sueños y las arrojaron a las fieras para alimentarlas, esparcieron
sus sueños por el suelo para ser picoteados, roídos y masticados por las aves. Caminando,
durmiendo sin sueños y trabajando así pasaron muchos días y años.
El muchacho creció, pero
realmente no lo hizo.
Un día el hombre miró a su esposa
a través del desayunador. Ella había puesto una frutilla en la boca de su hijo,
su hijo sonrió, la cara tonta e ignorante de un hombre adulto con los ojos de
un niño. La sonrisa de un idiota. Esta fue la cosa más hermosa que el hombre
había visto en su vida. Por un momento fue feliz.
Él fue a recolectar leña
acompañado de su felicidad, se alejó de casa más de lo que había hecho en mucho
tiempo, encontró una río caudaloso sobre la cual había un puente con los
tablones ya podridos, ahí tuvo una curiosa visión.
Del otro lado del puente en
ruinas, estaba solo ahí sentado, su hijo.
¿Qué estás haciendo ahí afuera?
El hombre preguntó, ¿Cómo llegaste ahí?
El muchacho respondió que no
sabía, empezó a quejarse, un horrible sonido, el niño-adulto lloraba como un
bebe. Lo siento, decía, lo siento tanto.
Está bien, el hombre dijo. Está
bien, no llores, dime, ¿Qué es lo que lamentas muchachito? ¿Por qué te
disculpas?
Por todos los problemas, por
arruinarles la vida.
Oh, Dios, el hombre exclamó, ¡No!
El hombre era el único que debía disculparse,
¿Cómo podía ser posible que no fuera capaz de explicarle que no fuera
suficientemente fuerte o bueno para ser el padre de ese niño?
El niño decía que estaba
atrapado, ¿Lo estaba? Atrapado aquí, en ese sitio del puente, entonces empezó a
llorar otra vez.
A la distancia, desde el otro
lado del puente el hombre trataba de consolar a su hijo. Le tarareo una canción
de cuando era bebé, el chico paro de sollozar por un momento, lo suficiente
para pedirle a su papá que le contara una historia.
¿Pero qué clase de historia podía
contar este hombre? No era un gran contador de historias, podría tener algunas
cosas alegóricas que contarle, pero ya les había perdido el rastro. Sin un
mapa, sin una leyenda no sabía ni por dónde comenzar.
Miró a su alrededor, estaba en
una de las partes más obscuras del bosque, no conocía el área. La casa, el
claro del bosque, todo era tan pequeño y estaba tan lejos de todo. Algunos sonidos
provenían de los árboles de manera aterradora. Entonces se dio cuenta de lo que
había hecho, había tratado de ignorar la historia. Él y su esposa había pasado
sus días sin hablar ni pensar demasiado, pero la historia no se había marchado
de ahí. La negligencia y el tiempo habían hecho el trabajo sucio. Mientras el hombre
había ignorado ese lugar, éste se había derrumbado.
Voltio a ver el camino de dónde provenía
y vio que el regreso a casa ya no lo llevaba a ningún lado, apenas avanzaba
algunos metros y todo iba desvaneciéndose, sin dejar rastro alguno para echar
pasos atrás. Frente a él estaba el puente que lo conducía hacia su hijo, mismo
que llevaba mucho tiempo podrido. Si intentara cruzarlo no soportaría su peso,
no conseguiría llegar de donde estaba hasta el otro lado.
Así que dio media vuelta y
comenzó alejarse de todo, de su casa, de su hijo, simplemente comenzó a correr,
corrió tan rápido como podía, a todo lo que le permitía su cuerpo, corriendo a
través del basto y desconocido bosque. Sin darse cuenta, su esposa estaba
corriendo a su lado, entonces cada demonio, cada bestia, cada cosa horrible
corpórea e inmaterial, todo lo que alguna vez los había perseguido ahora estaba
justo detrás de ellos para cazarlos, ejerciendo una presión increíble, y todos
conducidos por su hijo. Su hijo les preguntaba ¿No quieren ser mis padres? ¿Por
qué no? ¿Por qué no? Pronto ellos no podían recordar si habían hecho otra cosa
en la vida que no fuera correr. La vida para ellos había sido una larga
persecución.
El hombre dijo, no, esto no es
justo.
Su esposa dijo, no tenemos tiempo
para justicias.
Entonces el hombre reparó sobre
sí mismo, y de pronto se preguntó ¿Por qué corremos? Estamos en nuestra propia
historia, no tenemos que correr.
Él bajo la mirada viendo su
cuerpo, observo que no era un héroe, no era un herrero ni ninguna otra cosa.
Alzo la mirada y vio a su esposa, observo que no era una damisela en apuros y
no era la hija de un artesano, apenas la conocía ya. Pero al final él sabía que
ella era Raquel. Ella era todo lo que significaba ser Raquel, la madre de su
hijo, de su hijo. Miro al niño, al adulto ahora. Todavía un niño, Un muchacho
adorable atrapado dentro de un hombre maloliente, y sabía que iba a limpiarle
la nariz y el culo y todo lo demás del niño durante el tiempo que lo necesitara
porque es lo que haría el herrero. Es lo que haría un héroe en un cuento de
hadas. Se convirtió en abogado del gobierno, compraron víveres, podaron los
árboles una vez a la semana, lo alimentaron con papillas y cantaban con él
ocasionalmente.
Esto no era un sueño, ni un
cuento de hadas. Esto era todo lo que había, todo lo que habría.
Érase una vez una fábula que
podía estar apegada a la realidad en algunos puntos, o suficientemente cerca,
pero en algún lugar a lo largo de la historia se había torcido, y ahora no
estaba seguro de lo que era real y lo que era ficción.
El hombre ya no podía hilar
ideas, ya sólo escuchaba el tic tac del reloj, tic tac, tic tac, tic tac, tic
tac, tic tac, miro a su terapeuta preguntándose si ya se había pasado del
tiempo de su consulta. La terapeuta no decía nada en lo absoluto. El hombre
comprendió que estaba en nuevo territorio, había llegado hasta la frontera de
su bosque y ya no había a dónde correr.
Tomo un respiro sólo para darse
cuenta que aún estaba sudando. ¿Era esto lo que la terapeuta había querido? ¿Un
abogado-herrero en su consultorio sudando a chorros en el sillón perdiendo el
control lentamente? ¿Sabría cómo ayudarlo? ¿Podría ayudarlo a recordar cómo
llegar de aquí hasta allá?
La terapeuta dijo, se acabó el
tiempo pero ha sido un buen comienzo.
¿Un buen comienzo?
Sí.
Su hora de iniciación había
terminado, el hombre se levantó para marcharse y en su camino a la puerta dijo,
nos vemos la próxima semana y la terapeuta respondió, tal vez. El hombre se
volvió sobre su propio eje para verla fijamente a la cara, entonces ella dijo,
veamos a dónde llegamos desde aquí.
El hombre se fue por el pasillo,
paso al abaño, se lavó las manos y se echó agua en la cara. Retomó su camino
por el pasillo y fue cuando él se dio cuenta. De pronto parecía ver todo de
otra manera, de manera más clara ¿Cómo podía ser posible? Esa puerta que veía
al final del pasillo ya no sabía si era una salida o una manera de entrar.
Entonces el hombre pensó, tal vez tenga razón, tal vez aquí comienza la
historia, bien pues que así sea.
Este texto ha sido traducido por mi, no soy un profesional y seguramente tiene errores, pero el texto original me ha gustado mucho y no resistí la tentación de hacer el ejercicio de traducirlo. Si están interesados en el original fue publicado en la revista New Yorker el 30 de mayo de 2016.
http://www.newyorker.com/magazine/2016/05/30/fable-by-charles-yu