martes, 1 de mayo de 2012

¿De ser dónde sería?


La patria es el lugar, ciudad o país en que ha nacido una persona. Algunos escritores como Jorge Luis Borges y Virginia Woolf han rescatado de la antigüedad clásica el término matria para referirse a la propia tierra de nacimiento pero también a la tierra del sentimiento, es decir, el lugar, ciudad o país que una persona adopta como propio (especialmente si no ha nacido ahí) por tener una mayor simpatía que con su patria. Los ejemplos abundan, cuenta la leyenda que Agustín Lara nació en Veracruz, aunque por anécdotas se sabe que esto no es verdad, sin embargo el adoptó a Veracruz como su matria, asimismo escribió la canción Granada sin siquiera haber conocido la ciudad, sólo por la simpatía que sentía por ese lugar. Hugo Sánchez nació en la ciudad de México, pero si le preguntáramos dónde se siente más querido y al escuchar el acento de su respuesta no tendríamos dudas de que es madrileño.
Entonces si existe una denominación para el lugar en que nacimos y otro para el lugar que nos gusta, yo propongo que tengamos un término para definir de dónde proviene nuestro comportamiento. Hace unos años tenía la teoría de que nuestros sentimiento podrían tener un idioma diferente a la lengua materna, me explico, mi lengua materna es el español y en general soy bastante parco para expresar mis sentimientos, me cuesta mucho trabajo hacerlo, pero que pasaría si supiera hablar alemán, ruso, o cualquier otra lengua tal vez en esa no me costaría trabajo expresarme. Pues bien eso es sólo una teoría y tal vez nunca la pueda demostrar pero de lo que hoy estoy seguro es que nuestro comportamiento podría tener una patria diferente a la de nuestro cuerpo y lo sé porque mi comportamiento no es mexicano.
 A riesgo de parecer malinchista tengo que decir claramente que no me siento identificado con la cultura típica mexicana, por ejemplo, los aztecas me parece retrogradas salvajes y los danzantes que están en el zócalo me resultan odiosos, no me gustan los colores chillones, odio la impuntualidad, no me gusta comer chile, no soy fiestero y prefiero sobre el tequila un buen vodka. Esto lo confirme hace apenas unas semanas, fui a la universidad a recibir mi título como Licenciado en Economía, mi mamá pensó en hacerme una fiesta pero yo no creí que esa fuera una buena forma de celebrarlo, es más creo que ni siquiera lo celebré.
 El filosofo Jorge Portilla estudió la importancia que el mexicano concede a echar relajo. Las fiestas, los juegos y las ceremonias constituyen un pretexto para estar juntos. El motivo y el desarrollo del evento nunca tienen la importancia como saber que volvieron a encontrarse, el calendario cívico-religioso fomenta reuniones a propósito de héroes que se desconocen, leyes que no acatamos y costumbres que deformamos para hacer más lúdico el relajo. Como si no fuera suficiente, cualquier accidente propicia el chupe. Si un amigo necesita mudarse, se presentan con unos jeans viejos y unas chelas. Entonces las cervezas adquieren más valor operativo que el acto que las convocó.
Los amigos siempre están convocados al echar unos tragos como ceremonia nacional del perdón: reprobamos el examen, nos corrieron del trabajo, la novia nos abandono. Sería simplista afirmar que al mexicano le gusta el fracaso, esto es más sofisticado, el mexicano sabe que todo en lo colectivo se vuelve grandioso. La vida social del mexicano es deficiente porque depende de normas que no observa, en cambio la vida comunitaria es un vergel porque depende del afecto que exagera ¿Para qué ser pragmáticos si podemos ser querendones?
 Nada lastimas más al espíritu fiestero que hacerse el singular. El huésped perfecto come tres platos de mole, baila con frenesí sin reparar en las cuestiones coreográficas de la música y se descalabra en una puerta, es decir, actúa con normalidad. También podemos observar la estructura de resistencia que determina la oferta de bebidas: primero se acaba el hielo, luego el Tehuacán, finalmente la coca pero nunca se acaba el chupe. Cristo era mexicano, ¿O fue sólo una casualidad que su primer milagro fuera la creación de chupe? Que por mí no se pare una fiesta ¡ajua!
 Esto nos lleva a la cultura del aguante, el éxito del festejo se mide por su duración, abandonar de pronto una casa ajena se convierte en un agravio, el invitado debe hacer su mayor esfuerzo como tragarse los bostezos o levantarse a tomar más refresco después de un cabezazo al estilo Zidane. Todo para que al otro día se comente -¡los Jiménez se quedaron hasta las cinco de la mañana!

Reunidos en la promisoria fiesta, se borra la motivación que nos llevo ahí. Pero si creen que estoy exagerando tengo pruebas recientes y se vieron en la televisión a nivel nacional. Hace poco el Papa Benedicto XVl visitó México, la última noche que pasó en nuestro país se improviso una fiesta y le llevaron mariachis para “celebrar”. El colmo de la fiesta fue cuando los músicos interpretaron El mariachi loco, entonces el festejado paso a un segundo plano, estar en compañía se convirtió la motivación absoluta del acto.

La alegría del mexicano no se ve afectada por el resultado. Por cierto, mi comportamiento creo que es de Finlandia o un lugar de esos depresivos.