¿Hace ruido un árbol que cae si nadie lo escucha?
Cuando alguien nace, incluso
desde antes, lo primero que se piensa es ¿Cuál será el nombre de esa nueva
persona? El ser humano tiene la necesidad de nombrar cada cosa que hay en su
entorno, porque es la manera de darle significado. Pero, ¿con qué autoridad le
ponemos nombres a las cosas? Porque es nuestro. Así de simple y
sencillo.
En el segundo relato de Creación,
que curiosamente viene de una tradición anterior al primer relato (el de los
siete días), asegura que Yahveh Dios formó del suelo todos los animales
del campo y todas las aves del cielo y los llevó ante el hombre para ver cómo
los llamaba, y para que cada ser viviente tuviese el nombre que el hombre le hubiese
dado. El hombre puso nombres a todos los ganados, a las aves del cielo y a
todos los animales del campo.
Así pues, cuando Dios le encarga
a Adán que le ponga nombre a todas las cosas en realidad le está regalando la
Creación y todo lo que contiene. Adán no ha hecho las cosas, pero las recibe
como regalo y por eso tiene autoridad para ponerles nombre.
Pero eso es sólo la mitad del
trabajo, el que ha recibido el nombre aún tiene que reafirmar su existencia. Esta
puede ser la razón por la cual los niños insisten en llamar la atención de sus
padres, forzándolos a que admiren sus nuevas habilidades, pues al igual que la
luz y el sonido las personas y los objetos sólo existen cuando se reflejan en
otra cosa.
He tenido la oportunidad de
experimentar dos veces en mi vida la importancia de tener un nombre, de saberse
significado. En la más reciente le mandé un mensaje de cumpleaños a una persona
muy querida para mí. Ella no tenía mi número telefónico, por tanto no sabía
quién enviaba ese mensaje, le dejé pistas para que (desde mi perspectiva) no
tuviera duda de con quien se estaba comunicando. Me dijo que sí sabía quién era
yo, platicamos un poco y aunque fue muy agradable para mi volver a comunicarme
con ella me quedo un sinsabor. Ella nunca escribió mi nombre.
Dijo que sabía quién era, pero
nunca escribió mi nombre (disculpen por ser reiterativo). Aunque en varios de
sus mensajes pude reconocerla, por su tipo de humor, alguna referencia pasada, me
ha quedado la duda si en verdad era ella. Escuchar/leer mi nombre en la voz de la persona que más he amado no tiene igual. Desafortunadamente
no pudo ser.
La primera vez que me ocurrió
algo parecido fue una ocasión en que fui a ver a mi Papá, después de varios años
de no verlo. Tenía problemas económicos para continuar con mis estudios de
preparatoria y se me ocurrió que mi Papá podía ayudarme, también iba ilusionado
de comenzar una relación de amistad con él. Para mi sorpresa no me reconoció, tuve
que presentarme ante él, me despacho rápido y no volví a verlo.
En el caso de mi Papá fue muy
doloroso, no lo esperaba y era muy joven aún. En el otro caso sólo fue un
sinsabor que me llevó a preguntarme ¿por qué no escribió mi nombre? No era
ella; no se acordó de mi nombre; no quiso escribirlo. En cualquier caso no
escribió mi nombre porque ya no soy de ella, aunque un pedazo de su vida
siempre será mía.