Vigésimo primer día del doceavo
mes del años dos mil doce de nuestra era y los pájaros siguen cantando, el mar
sigue golpeando en la playa con la misma frecuencia que lo hacia antes y el
viento sigue acariciando mi cara y llenando mis pulmones, aún sigo sin saber de
ti.
Han pasado casi tres años desde
aquella tarde de domingo en que me invitaste a tu casa. El viento era helado,
las palomitas riquísimas, mis manos frías y el estomago cosquilleaba. La película,
un pretexto para ver tu rostro iluminarse con el azul del monitor y de vez en
vez encontrarme con el brillo de tus ojos para un instante después fingir que
estaba atento al pretexto.
Pero no fue una tarde cualquiera y
no sólo porque me invitaste a tu casa, el viento era helado y las palomitas riquísimas,
mis manos frías y el estomago cosquilleaba. No, ese día mi vida cambió. Ese día
comencé a perderte, como el desahuciado que unas horas antes de morir parece
que le vuelve la salud y se ve rebosante y dichoso, así fueron los días
posteriores.