viernes, 1 de febrero de 2013

Antes de que se termine el mundo


Vigésimo primer día del doceavo mes del años dos mil doce de nuestra era y los pájaros siguen cantando, el mar sigue golpeando en la playa con la misma frecuencia que lo hacia antes y el viento sigue acariciando mi cara y llenando mis pulmones, aún sigo sin saber de ti.
Han pasado casi tres años desde aquella tarde de domingo en que me invitaste a tu casa. El viento era helado, las palomitas riquísimas, mis manos frías y el estomago cosquilleaba. La película, un pretexto para ver tu rostro iluminarse con el azul del monitor y de vez en vez encontrarme con el brillo de tus ojos para un instante después fingir que estaba atento al pretexto.
Pero no fue una tarde cualquiera y no sólo porque me invitaste a tu casa, el viento era helado y las palomitas riquísimas, mis manos frías y el estomago cosquilleaba. No, ese día mi vida cambió. Ese día comencé a perderte, como el desahuciado que unas horas antes de morir parece que le vuelve la salud y se ve rebosante y dichoso, así fueron los días posteriores.