Hace unos días intentaba
describirte con alguien. No te pareces a ninguna otra mujer que haya visto
jamás, sin embargo, veo pequeñas partes de ti en todas las mujeres que he
conocido después de ti.
No podría decir –Bueno, es idéntica a Diane Lane, salvo que tiene los ojos chiquitos y la boca pequeña y desde luego no es estrella de cine.
No podría decir eso, pues no te pareces en nada a Diane Lane, no obstante, cada vez que veo a Diane Lane, pienso en ti. Aunque debo reconocer que son escasos los momentos en los que no pienso en ti.
Finalmente, acabé describiéndote como la sensación de andar en bicicleta en la casa en donde nací. Supongo que era el año 1988 o en 1989. Creo que tenía 3 o 4 años de edad. Era una bicicleta azul, el asiento era completo, con respaldo. Para frenar tenía que pedalear hacia atrás, pero como no podía frenaba con los pies, mis zapatos reclamaban jubilación al poco tiempo. Es uno de esos inconvenientes a los cuales terminas adaptándote y sintiendo amor, no a pesar del inconveniente, sino por el inconveniente mismo.
Fue la primera vez que experimente la libertad de ir al lugar que quisiera, a pesar de que sólo andaba en la sala, después el patio y finalmente la banqueta con una desviación estándar de dos casas de la casa de mi abuelita. Redescubrí esta libertad muchos años después, cuando ya era mayor de edad, me sorprendía la facilidad con la que podía llegar a tantos lugares que me parecían tan lejanos, sentir el viento en mi cara, la adrenalina de la velocidad, la felicidad sin más, sólo porque está sucediendo.
De verdad, es una experiencia fantástica y me emocionaba tanto como escuchar el grito de “México, México” retumbar en la alberca olímpica apoyando al “Tibio” Muñoz en los Olímpicos de México 68. Yo deseaba entonces que hubiera una bicicleta en todos los rincones del mundo. Quería que todas las personas pudieran tener esa experiencia que eriza la piel.
Así te veo yo a ti.