Las relaciones de bolsillo se denominan así porque uno se las guarda en el bolsillo para poder sacarlas cuando hagan falta. Una relación de bolsillo es agradable y breve, y resulta agradable precisamente debido a que uno es cómodamente consciente de que no tiene que hacer grandes esfuerzos para que siga siendo agradable durante más tiempo: de hecho, uno no necesita hacer nada en absoluto para gozar de ella. Una relación de bolsillo es la reencarnación de lo instantáneo y lo descartable.
Pero la relación no adquirirá esas magnificas cualidades sino se han cumplido previamente ciertas condiciones. Hay que tomar en cuenta, como otro atributo de las relaciones de bolsillo, que es uno quien debe satisfacer esas condiciones, y ése es indudablemente otro punto a favor de las relaciones de bolsillo, expresado de una mejor forma no sólo es “otro” sino es el punto clave, ya que el éxito de la relación depende de uno y sólo de uno; por lo tanto, es sólo uno quien ejerce el control, y seguirá ejerciendo el control a lo largo de la corta vida de la relación de bolsillo.
Primera condición: debe embarcarse en la relación con total consciencia y claridad. Recuerda, nada de “amor a primera vista”. Nada de enamorarse… nada de esas súbitas mareas de emoción que te dejan sin aliento: nada de esas emociones que llamamos “amor” ni de ésas a las que sobriamente llamamos “deseo”. No debes permitir que ninguna emoción te embargue ni conmueva, y sobre todo, no debes de permitir que nadie te arrebate el control de la mano. Y no te dejes confundir con respecto a la relación en la que estás por embarcarte, en cuento a lo que no es y nunca será. La conveniencia es lo único que cuenta, al menos es lo que siempre ha contado para las mujeres, ¿o cómo se explican que una mujer prefiera ser la amante de un hombre exitoso a la esposa de un mediocre? La conveniencia se evalúa con la mente bien clara, y no con el corazón cálido, después de todo son simples matemáticas. Es como en las finanzas personales, cuanto más pequeño es tu préstamo hipotecario, tanto menos inseguro te sientes de las fluctuaciones del futuro mercado inmobiliario; cuanto menos inviertas en una relación, tanto menos inseguro te sentirás cuando te veas expuesto a las fluctuaciones de tus propias emociones futuras.
Segunda condición: mantén la situación en ese estado, recuerda que la conveniencia necesita de poco tiempo para convertirse en su opuesto. Así que no permitas que la relación escape a la supervisión de tu cabeza, y mucho menos que desarrolle su propia lógica, ni –especialmente- ocupe otros territorios, saliendo de su bolsillo, que es donde pertenece, pues cuando te descubres pensando en esa persona en medio de una conversación o mientras caminas a tu destino, lo más probable es que ya se haya apoderado de ti. Es por eso que tienes que estar alerta. Nunca bajes la guardia. Vigila cuidadosamente hasta la más mínima alteración de las “emociones clandestinas”. Si de pronto adviertes que aparece algo que no has negociado y que no te interesa, entonces es hora de romper el contrato.
En este tipo de relaciones lo que importa no es el fin sino los medios, es decir, si viajas con cautela, evitaras el hastío de la llegada, el tráfico es lo que te proporciona el placer. Las relaciones de pareja no son otra cosa que una coalición de intereses confluentes, lo que se conoce en economía como “economías de trueque”, y en este fluido mundo la gente va y viene, las oportunidades llaman a la puerta y desaparecen casi en el instante en que se les ha permitido entrar. Las fortunas ascienden y declinan y las coaliciones tienden a ser flotantes, flexibles y frágiles. La gente busca pareja y establece relaciones de bolsillo para evitar las tribulaciones de la fragilidad, sólo para descubrir que esa fragilidad resulta aún más penosa que antes. Lo que se esperaba y pretendía que fuera un refugio contra la fragilidad demuestra ser una y otra vez su caldo de cultivo.
Parecería aconsejable transitar con el bolsillo vacio y dispuesto, paradójicamente el riesgo es que se quede vacio por siempre. De cualquier forma esto no va conmigo, yo prefiero llevar en el bolsillo unos kleenex y a mi novia de la mano.
¡Vaya modernidad la de nosotros!