viernes, 15 de abril de 2011

El Graduado


Deje de escribir durante tres semanas porque fueron realmente complicadas, nunca creí que el final de la licenciatura se fuera a complicar tanto, pero al fin ha llegado ese día tan esperado, he acreditado todas las materias y finalizado mi servicio social, sólo me falta terminar mi tesis (que ya está muy avanzada) y me podré titular.

Me preguntan si estoy feliz, emocionado, nervioso o cuál es la emoción que estoy experimentado por haber concluido mi licenciatura, podría mentir y decir que tengo todas esas emociones al mismo tiempo y que es algo inexplicable, pero la verdad es que no siento nada. Hace muchos años me hicieron ortodoncia y me colocaron un paladar, este paladar no me dejaba saborear nada de lo que comía, sólo lo tuve un par de días (no lo soporte y me lo quite) pero fueron dos días muy tristes, si algo disfruto en la vida es comer, pero comer sin saborear no vale la pena. Pues algo parecido me pasa ahora, estoy pasando por un momento que debería ser muy feliz, muy especial y muy esperando en mi vida, no obstante, no lo puedo disfrutar.

 Me había propuesto (tontamente, ingenuamente) como meta, que al concluir mis estudios buscaría a Nadia. Hace unas semanas había pedido una señal para saber si buscarla sería lo correcto, la señal llegó. Resulta paradójico como el nacimiento de una nueva vida ha matado mis sueños. Hay una canción de Cole Porter que dice every time we say goodbye I die a little, así me sentía, ahora que te tengo que decir adiós para siempre, pueden ver en mis ojos todos los muertos que hay en mí.

 Resulta realmente complicado tratar de escribir todo lo que siento en estos momentos, porque si tengo sentimientos sólo que no tienen nada que ver con la felicidad. Más bien siento enojo, luché por esto durante cuatro años y merezco disfrutar este momento, sin embargo, no lo puedo hacer sigo pensando que este momento lo tendría que compartir contigo Nadia. No hay día en que no recuerde tu sonrisa y te odio por eso, te odio por muchas cosas, por haberme dejado, por haberme amado, pero al mismo tiempo tu recuerdo es lo único que me obliga sonreír, esa sonrisa que sale del alma que no se puede ocultar, eres lo único que me hace sonreír de verdad. Te odio pero te sigo amando y te vuelvo a odiar por eso.

 Me enoja que sin importar cuánto me quiebre la cabeza pensando en cómo pasó todo, por qué pasó, en fin dándole una y otra vez vuelta al asunto no puedo hacer que cambie nada, me lastimasté tanto que ni siquiera tú lo podrías arreglar ahora. Pero sin importar eso sigues siendo mi primer pensamiento al despertar, eres cualquier pretexto para decir tu nombre una y otra vez, recordar tu sonrisa y por las noches abrazar mi almohada deseando con todas mis ganas que fuera tu cuerpo.

 Seguramente me dirás que no hiciste nada malo y que yo soy el único responsable de lo que siento o dejo de sentir (probablemente sea verdad) pero en mí verdad no sé cómo hacerle para alejarme de ti, hacerte a un lado, superarte. Ahora ya no me importa cuántas veces o de qué formas me digan que me aman, ya no tengo la confianza ni las ganas de creerlo, ya sé en que terminará todo.

 Después de todo creo que la verdad es tan real como elusiva. Y donde más real la sentimos es precisamente donde menos existe (así de seguro me sentí yo entre tus brazos, creyendo que nunca se terminaría). La verdad se vive, se conoce en carne propia. Se sabe, por ejemplo, cuando un amor es verdadero porque se vive. No quiere decir que ese amor verdadero será para siempre y mucho menos que será leal, pero sabemos cuándo sí lo es: en el momento en que se siente, mientras se siente, sea durante una hora o una vida, todo depende de la voluntad de la mujer amada, voluntad que se mueve caprichosamente como pluma al viento.

 Hay quienes buscan la homogenización de los sentimientos. Tratan de convencernos para ser buenos ciudadanos y ser buen ciudadano equivale a no hacer ruido, a ignorar las diferencias. Pero creo que para ser buenos ciudadanos hay que desdeñar la bondad prefabricada. Saber quiénes somos y que necesitamos, qué queremos y qué podemos ofrecer y eso lo descubrimos viviendo de ser uno y lo otro, siendo seres complejos viviendo en dos planos simultáneamente. Por eso, porque somos seres complejos es que no puedo estar totalmente enojado contigo, cómo odiarte por buscar tu felicidad, sólo desearía no haberme interpuesto en ella y haber sido parte de la misma.

 ¿Para quién no es tan corto el amor y tan largo el olvido? Dicen que el que no ha amado no ha vivido. Para mí, después de haber amado tan intensamente como te amé, siento que vivo a medias entre sombras, condenado a un aquí y ahora sin relieve, me duele en el alma pensar que así pasaré el resto de mi vida, pero ya no estoy dispuesto a pagar el precio del amor. Cada día parece que me encuentro al inicio de un interminable camino de descubrimientos, pero siempre me pregunto, ¿Para qué? La mayoría de las veces no tengo ganas de hacer nada, ni siquiera festejar mi graduación.

 Dicen que todo pasa por algo, yo no sé si tu llegada a mi vida fue con la misión expresa de mandarme a la guillotina pero es cierto que tu partida me ha obligado a elegir entre la muerte y la locura.

La locura: una prisión lejana cuyas puertas son tanto más claras cuanto menos uno se resigna a vivir en esa miseria. La locura no brota como una súbita infección en el cerebro. La locura es aquella enfermedad que sólo amedrenta cuando ya sus colmillos se han alojado en tu cuello de modo que pelear con ella es también desgarrarnos mortalmente, oprimirnos los pulmones, perder el miedo a la muerte como se pierden la inocencia y el amor.

 El amor es un bien que ya he perdido, cuando entre las condiciones que se le ponen al amor no se halla la correspondencia de quien se ama y realmente tampoco puede hallarse ninguna otra porque se ha decidido amar incondicionalmente, el amor, que por su propia arrebato vive más allá de posesiones tan poco importantes como el bienestar y la cordura, sólo puede perderse por otro amor, un gran amor. Para que la cuña apriete ha de ser del mismo palo.

 Amo a una mujer a la que ya no conozco, y tal vez a ello se deba que no puedo dejar de buscarla y contemplarla (aunque sea por un montón de ceros y unos que al juntarse de manera adecuada forman su imagen en mi pantalla, aunque sin la temperatura adecuada, como la de su cuerpo) cada vez que la ausencia del mundo me ofrece el anestésico de la soledad (resulta gracioso usar la palabra anestésico mientras hablo de ti, y de cómo manejo mi dolor). Sé que esa mujer existe, incluso podría dibujar la fachada de la casa en donde vivió y pienso, porque aún así lo quiero, que ocupo un lugar en su memoria; pero a mí la memoria no me ha servido más que para lamentarme por no haber luchado por ti, aunque también pienso que no tenía grandes armas para hacerlo, creía que uno sólo se arrepentía de las cosas malas, contigo he aprendido que también uno se puede arrepentir de las muy buenas. Es así como todos los días, todas las noches proyecto en mi mente la película más obsesiva del mundo: Nadia.

 Nadia, se ha convertido ahora, en un nombre que no tiene cuerpo. Nadia es la palabra que a diario me visita pero nunca se queda a dormir. Nadia son cinco letras formadas por cuchillos. Nadia es el principio de la sonrisa, la llegada de la nostalgia y el fin de la alegría. Nadia es el nombre que un día pronuncie resguardado por los muros de la casa de Dios. Desde entonces acaricio su vacio, tal como otros recorren con manos, boca y ojos a sus mujeres. Nadia se pronuncia acariciando la lengua con el paladar y después degollándola con los dientes. Es el nombre que tengo que ocultar, inventar un nuevo pensamiento para ocultar al otro: el innombrable, aquél que trato de sepultar para ya no decirlo ni pensarlo ni escribirlo. Y si hoy abandono mi propósito y escribo ese nombre una y otra vez, en este documento en donde han de viajar moribundas de miedo estas palabras, lo hago con el sólo propósito de que lleguen hasta ti, aunque con la secreta esperanza de que jamás lo logren. ¿Después de todo qué lograría yo con eso, de qué nos serviría a los dos?

Quiero pedirte perdón por mi atrevimiento, por mi cobardía, por no haber luchado por ti, por no olvidarte, por amarte y por cada una de las debilidades que con seguridad me hicieron indigno de tu amor y de habitar en tus recuerdos.

Hasta siempre Nadia (MDTH)